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Propio 12

1 Reyes 3, 5-12
Salmo 119, 129-136
Romanos 8, 26-34
Mateo 13, 31-33, 44-49a

       El evangelio hoy nos vuelve a hablar del reino de Dios tal como lo ha hecho en los domingos previos. En los tres ejemplos que usa Jesús, nos dice que el Reino es opción costosa. El Reino es semilla, es perla, es tesoro escondido y se nos desafía a descubrirlo.

       Estas tres parábolas, junto a las otras cuatro leídas los últimos domingos anteriores, conforman un solo bloque sobre el reino de Dios. Son el corazón mismo del mensaje de Jesús. La esperanza del reino de Dios a través de su Enviado surge en el tiempo del exilio de Israel en Babilonia (586 a.C.) Allí Dios promete un Enviado para instaurar un reino pleno de justicia, paz e igualdad entre los seres humanos.

       No le fue fácil a Jesús convencer a sus contemporáneos de que él era ese enviado. El pueblo esperaba a un mesías entendido en asuntos políticos. Quien les hablaba era Jesús, el hijo de un carpintero llamado José y de una campesina llamada María, oriundos de Nazaret. Realmente, nadie podía creer que tal persona pudiera traer justicia y paz a toda una nación, ya que carecía del poder político necesario para expulsar a los romanos que oprimían a Israel.

       Jesús demostró, con su vida sencilla y sacrificada, que su mensaje traería paz de una manera superior a la brindada por el poder bélico de su tiempo. La paz de Jesús involucra todas las áreas de la vida de ser humano. Esto se refleja en la lectura del evangelio de hoy. Jesús habla en términos más sencillos: la levadura en la masa, el tesoro en el terreno y la perla de mucho valor son los tres elementos con los que se simboliza al reino de Dios escondido en todo ser humano. En las parábolas de hoy, la principal característica del reino es estar escondido y tener que ser descubierto. Para que algo sea descubierto, debe existir alguien que lo busque, y que lo encuentre. Precisamente esto es lo que nos sucede a los seres humanos en nuestro peregrinar diario. Todos andamos a la búsqueda del sentido nuestra existencia. Puede ser que lo busquemos en determinada posición política, o en la seguridad económica, pero en definitiva, sólo cuando nos encontramos con Jesús, nuestra vida encuentra el verdadero sentido de la existencia.

       Dios ha llamado a toda la humanidad a formar parte del reino de los cielos. Nos ha elegido a todos en Jesús. Y lo garantizó con la resurrección de Cristo. La esperanza del Reino es la oportunidad de llegar a vivir la vida abundante que Jesús mismo nos prometió (Jn 10,10b). Pero esto es gracia costosa, implica dejar todo lo que tenemos para abrazar el Reino. Implica esfuerzo para estar a su altura. Implica constancia para no abandonar nuestro peregrinaje hacia su encuentro. Implica humildad para reconocer que, por nuestros propios medios, no podemos lograr nada si no tenemos a Dios de nuestro lado. El seguimiento de Jesús implica vivir decididamente al servicio de Dios y del prójimo. Es allí donde debemos descubrir el Reino.

       Leonardo Boff, teólogo latinoamericano afirma que "los pobres nos evangelizan porque nos conducen a Dios", pues en nuestro prójimo, sobre todo en aquel que sufre injusticias, descubrimos a Dios que se ha hecho solidario con los que sufren. Como cristianas y cristianos no podemos ignorar esto sin perder la oportunidad de ver por dónde avanza el reino de Dios en medio nuestro. Cristo está presente en todos los necesitados. Ellos son sus hermanos más pequeños tenidos en nada por los seres humanos.

       Todo compromiso que asumamos en pos del establecimiento del reino de Dios, sólo puede provenir de la respuesta que demos al amor de Dios. Amor que no puede ser demostrado de otra manera que a través del prójimo, que es nada más y nada menos que la propia imagen de Dios, tal como lo afirma el Génesis (1,26).

       Seamos responsables de vivir de esta manera, descubriendo el Reino que está escondido a nuestros ojos. Son las necesidades de los pobres las que nos indicarán el camino de justicia y paz hacia el verdadero reino de Dios. Que el precio de dejar todo en pos de optar por su reino y su justicia nos haga sensibles para compartirlo amorosamente con nuestro prójimo. Que así sea.



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