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Propio 15

Isaías 56, 1-7
Salmo 67
Romanos 9, 1-5
Mateo 15, 21-28

         ¿Quién era esa mujer cananea? Era una mujer atrevida. Tal vez la llamaran así: "la Atrevida". Toda su vida tuvo que luchar por su bienestar. No era ama de casa, era camarera en la cantina de una posada. Tenía reputación de lengua filosa con los clientes que paraban allí en su caminar a otras partes del mundo romano. No tenía amistades ni familia y nunca sintió el amor ni el cariño de un hombre. Quienes la conocían se burlaban de ella y la maltrataban. Así se le endureció el corazón.

          Una mañana mientras echaba agua al piso para limpiarlo, oyó los lloridos de un bebé. Salió al patio y encontró a una bebita en una canasta envuelta en un trapo. Era una recién nacida y "la Atrevida" pronto comprendió que la niñita estaba abandonada, así como ella misma había sido abandonada. Por vez primera sintió ternura. La recogió y la crió como a su propia hija. La bebita abrió el corazón de la madre, pero no logró cambiarla.

          Un día la niña estaba jugando con otros niños y se fijó en que mucha gente seguía a un grupo de hombres. Los niños, llenos de curiosidad, se acercaron para ver qué sucedía. La niña oyó las palabras de amor que el profeta Jesús estaba compartiendo. Regresó a contarle a su mamá lo bien que se sintió al oír a Jesús. Le dijo: "Vente mamá, para que le oigas también. Estoy segura que él puede darte paz". Pero no quiso ir porque no quería ser, de nuevo, objeto de burla.

          Después de cierto tiempo, la niña cayó enferma. El médico dijo a la madre que no tenía remedio porque era una enfermedad del espíritu. La Atrevida sintió que su corazón se le quebrantaba. Luego se acordó del profeta mencionado por la niña. Salió en busca de Jesús y al fin lo encontró.

          Ya sabemos cómo termina la historia. La Atrevida se llenó de valor para acercarse a Jesús. Esta mujer que no buscó a Jesús por su propio interés, ahora lo hace por amor a su hija.

          Nosotros también debemos de ser atrevidos y valientes por los demás. Tenemos el poder de Dios respaldándonos cuando tomamos la decisión de ayudar al hermano. Sabemos cómo una madre se le echa encima a cualquiera para proteger a sus niños. ¿De dónde le viene ese poder sino de Dios?

          Cuando tomamos la decisión de ayudar a alguien, cosas extraordinarias pueden suceder. Fijémonos en que Jesús dijo a la mujer que no podía ayudarla porque era pagana. Efectivamente, los judíos, según la ley, no podían comer con los paganos, para no contaminarse. Además, Jesús creía que había sido enviado solamente a las ovejas descarriadas de Israel y a nadie más. ¡Pero la persistencia de la mujer lo ganó y tuvo que reconsiderar su posición!

          La cananea "atrevida" era mujer y extranjera. Todo eso actuaba en contra suya y en contra de Jesús por razones legales, pero Jesús vino a purificar la ley y decidió ayudarla, basado en la gran fe de la mujer. Dios no tiene favoritos. Dios es Dios de todos y protege a todo el mundo, sea el que sea.
Nosotros también debemos extender nuestra protección a los que están más necesitados. En nuestros tiempos, ¿quiénes son los más necesitados? Son muchos, pero podemos mencionar a los que sufren de SIDA, a los niños de la calle, a las madres solteras, a los drogadictos, a los sin hogar, a los encarcelados. Todos ellos necesitan que alguien sea atrevido y valiente por ellos.

          Si existen todavía límites, en nuestros corazones, para aceptar o rechazar a alguien, es hora de que los suprimamos a la luz del evangelio que acabamos de oír. Viendo esa luz de paz y de amor, ¿podemos todavía conservar rechazo en nuestro corazón? Si seguimos el ejemplo de Jesús, no podemos rechazar a nadie, y menos a los que están fuera de nuestro circulo íntimo. Debemos ser atrevidos, no para nuestro bien, sino para el de los demás.



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