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Propio 16

Isaías 51, 1-6
Salmo 138
Romanos 11, 33-36
Mateo 16, 13-20 

         "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?", pregunta Jesús. El preguntarse sobre la opinión que otros tienen de nosotros es algo natural. Dicen algunos expertos que a la edad de dos años ya tenemos formada potencialmente nuestra personalidad. Y a los siete años nuestro carácter ya está dibujado. Esto parece algo exagerado. La verdad es que no nos conocemos fácilmente y que nos gusta saber la opinión que otros tienen de nosotros.

          La curiosidad de Jesús es normal. Más aún teniendo presente que su mensaje y su actuar no es el más ortodoxo que digamos según los cánones judíos. Por la respuesta vemos que la gente tenía un concepto muy alto de él. Considerarlo como Juan el Bautista, o como Elías, o como Jeremías, era uno de los más altos elogios que le pudieran hacer. Mas pocos estaban dispuestos a proclamarlo como el Mesías. Y es que estaban confundidos. Durante mucho tiempo habían esperado una liberación humana. Es decir habían esperado a un jefe militar que los liberara de las esclavitudes hasta entonces experimentadas. En ese momento de la romana. ¿Cómo pues compaginar esa esperanza con el actuar de Jesús? No tenía sentido. Por eso, la confesión de Pedro fue una inspiración de lo alto. Confesar a Jesús como el Mesías durante su vida era toda una revelación. Pero eso quería decir que había que hacer un reajuste en las ideas y esperanzas mantenidas. Era el Mesías, sí, pero no con la personalidad que se le había dibujado. Ahora el pueblo judío debía descubrir la verdadera personalidad de Jesús. Tal vez por eso, Jesús rogara a los discípulos que no revelaran el secreto.

         Jesús quería transformar los corazones del pueblo de Israel. Jesús quería ofrecer los verdaderos valores del reino de Dios a su pueblo. Realmente, Jesús no quería iniciar una religión nueva, no quería iniciar un reinado terreno, simplemente quería cambiar la mente y el corazón de los seres humanos.

         Si tuviéramos evidencia de nuestra propia personalidad, tal vez, nuestra conducta cambiara.

         Un día una mujer se preguntó por qué no podía mantener una relación buena con un hombre. Había tenido oportunidad de conocer a hombres responsables, pero todas esas relaciones terminaban en desastre. Alguien le aconsejó que fuera a un retiro. Era creyente, pero no pensaba que la religión tuviera nada que ver en su vida personal afectiva. Al fin decidió ir. Durante el retiro, en medio de la reflexión y la oración, descubrió que ella era algo más de lo que pensaba de sí misma. Descubrió que verdaderamente, era hija de Dios. Desde ese momento enfocó su vida de otra manera.

         Aunque los expertos digan que nuestra personalidad ya está delineada en la infancia, la verdad es que con el pasar del tiempo la vamos moldeando, como el escultor a la estatua. ¿No sería hermoso que desde niños tuviéramos clara conciencia de que somos hijos de Dios? ¿No sería hermoso que desde niños fuéramos conscientes de ser hijos del Dios que ha creado todo el universo? Realmente, si todo el mundo tuviera una conciencia clara de esa realidad, la sociedad humana sería totalmente diferente. En verdad la vida en esta tierra sería el anticipo del cielo. Viviríamos como en un paraíso de felicidad.

         Nosotros estamos aquí en el templo reflexionando sobre la palabra de Dios. No debemos esperar a revelaciones especiales y particulares. El mensaje de Dios se nos ha revelado ya. Lo que debemos hacer es tomar parte activa en ese movimiento religioso que inició Jesús hace dos mil años. Un movimiento que todavía no se ha llevado a la perfección. Es decir, no estamos cumpliendo todo lo que Jesús predicó. No vivimos de acuerdo a los ideales de Jesús. Es hora de que empecemos ya. No debemos esperar más.

          Podríamos también preguntarnos nosotros, ¿qué dice la gente que somos? Por la respuesta que nos den podremos darnos una idea de lo lejos que estamos del ideal de Jesús. Cuando el mundo preguntaba, ¿quién es la Madre Teresa? Todos, incluso los más incrédulos, respondían, "es una santa". ¡Ojalá se pudiera decir lo mismo de nosotros! Esforcémonos pues



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