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Propio 19

Eclesiástico 27, 30-28, 7
Salmo 103
Romanos 14, 5-12
Mateo 18, 21-35

      Alabad al Señor, dedicadle vuestras vidas. Haced con el prójimo lo que Jesús hizo con nosotros. Este es el mensaje de las escrituras de hoy. En el salmo el autor se goza, desde lo más profundo de su alma, alabando al Señor. El salmo comienza en un tono positivo. Un tono que muestra que el autor ama profundamente a Dios. El autor recuerda al lector que Dios es un Dios de perdón, un Dios que sana nuestras heridas, rescata nuestras vidas de la muerte y nos colma de amor. El salmista vive lleno de fe en ese Dios misericordioso que es clemente y compasivo, lento para la ira y el castigo. Este salmista sabía que todas esas maravillas, no podía guardárselas sin comunicárselas a todo el mundo. Quiso compartir su experiencia con los demás, manifestándola en los salmos. Al compartir tan preciosa experiencia íntima, nos enseñó algo muy sencillo: que no debemos callarnos vivencias que puedan ayudar a otros. Nos enseñó a alabar a Dios con una alegría que se sienta y evidencie en nuestras vidas, en todo lo que hagamos.

      Para llegar a esa actitud de regocijo en Dios, primero debemos vivir una vida consagrada a él. Pablo dice a los romanos: "Si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos". En la vida y en la muerte, somos todos de Dios. Como hijos le debemos una dedicación especial a nuestro redentor. Como hijos le debemos una explicación de nuestras acciones. Como hijos debemos manifestar cómo nos tratamos unos a otros. Ese amor que compartimos es lo más importante que puede haber en nuestra relación con Jesús. Con amor se resuelve todo. Con amor comenzamos a vivir en un mundo de respeto a los demás.

      El amor nos mueve a perdonar los errores de los demás. Cuando nos amamos sin medida, como nos amó nuestro redentor, es imposible guardar rencor. Cuando nos amamos, comenzamos a considerarnos unos a los otros. Jesús nos enseña el camino de la consideración. Jesús comparte con nosotros la parábola del sirviente ingrato en el evangelio según san Mateo. Empieza la parábola hablando del reino de Dios y lo compara a un rey que deseaba arreglar cuentas con sus sirvientes. Un sirviente debía diez mil talentos (más de diez mil millones de dólares) y le suplicaba al rey que tuviera paciencia con él y se lo pagaría todo. El criado estaba mintiendo, porque ¿cómo podría reunir esa suma astronómica de dinero? El rey le perdonó, no por la promesa hecha, sino al ver el corazón destrozado del criado. No bien fue perdonado, salió del lugar, se encontró con un compañero que le debía cien denarios, equivalente a cien días de sueldo mínimo. Suma minúscula comparada con los diez mil talentos. Le agarró por el cuello y le gritaba que le pagara lo que le debía. El compañero le suplicaba que tuviera paciencia con él, pero el sirviente no lo perdonó y lo metió en la cárcel. ¡Qué falta de consideración! El criado demostró ser una persona egoísta, sin corazón ni compasión, que se creía un dios pero realmente era un diablo. El segundo criado demostró ser como el resto de los humanos, que tenemos deudas y suplicamos perdón.

      Si no perdonamos al prójimo, ¿cómo podremos pedir a Dios que nos perdone a nosotros? Si Jesús, que murió por nuestros pecados, nos perdonó, ¿por qué nosotros no podemos perdonar al prójimo? ¿Por qué ese sirviente no se recordó que momentos el rey le había perdonado una cantidad que nunca en su vida hubiera podido pagar. Este sirviente no sabía amar.

      Para perdonar al prójimo tenemos que amarnos unos a los otros. Para llegar a ese momento de nuestras vidas en que podamos regocijarnos en el Señor, tenemos que amarnos en profundidad, perdonándonos hasta lo más mínimo. No es fácil. Vivimos en una situación humana en la que es difícil perdonar. No se logra de la noche a la mañana. Hace falta tiempo, dedicación. Pero, tarde o temprano, debemos comenzar a lograrlo pues todos hemos de dar cuentas a Dios. Si dedicamos nuestros corazones a Dios, ya hemos dado el primer paso. Poco a poco los logros nos llenarán de satisfacción y alabaremos al Señor.



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