Resources

Sort resources below

‹‹ Return
Propio 20

Jonás 3, 10-4, 11
Salmo 145
Filipenses 1, 21-2
San Mateo 20, 1-16

        En las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado, millones de hispanos llegaron a este país provenientes de América Latina. Vinieron tantos que el mercado laboral no puede ocuparlos a todos; así en muchas ciudades de nuestra nación se ve, en lugares estratégicos, a grupos de hispanos a la espera de que alguien llegue y los contrate. Al ver a esos hombres en espera uno no puede menos de acordarse del evangelio de hoy. Al ver a esos hombres en espera de conseguir trabajo uno se llena de lástima al pensar que muchos volverán a casa sin el sustento familiar.

        La parábola de Jesús con frecuencia nos desasosiega. Aparentemente se dan varias injusticias. Pero si lo pensamos bien, no es así. Veamos.

        El dueño de una finca salió a contratar jornaleros para que trabajaran en ella. Y fue al lugar donde los braceros se reunían diariamente, a la plaza. Allí fue cinco veces: al amanecer, a media mañana, al mediodía, a media tarde y al atardecer. Los contratados al amanecer se arreglaron con el dueño y convinieron en que recibirían "el jornal de un día". Los contratados a media mañana recibirían "lo debido" o "lo que sea justo", el dueño "hizo lo mismo" con los contratados al mediodía y a la media tarde. Fijémonos que Jesús, astutamente nos dice que con éstos "hizo lo mismo", así que viendo lo anterior, hemos de concluir en que recibirían "lo debido o lo que fuera justo". A los contratados al atardecer, simplemente les dice que vayan a trabajar a la viña. Terminada la jornada, van los braceros a cobrar, empezando por los últimos que reciben un jornal completo, y así todos lo mismo. Naturalmente, los braceros que habían soportado el calor y el trabajo de todo el día quedaron insatisfechos. Y debiéramos preguntarnos, ¿por qué? ¿No habían convenido por la mañana con el dueño en que aceptarían "el jornal de un día"? ¿Por qué protestan ahora?

        Los braceros descontentos se quejan porque aparentemente el dueño ha cometido una injusticia con ellos. Están pensando en un una justicia distributiva que exige proporción matemática de trabajo y salario. Su idea de méritos y derechos engendra mezquindad. Pero Dios obra con misericordia y compasión. En esta parábola no se da un caso de injusticia, sino de envidia por parte de los braceros y de misericordia por parte del dueño de la finca. Unos braceros tuvieron envidia de los otros porque sin trabajar tanto habían recibido el mismo sueldo. El dueño tuvo compasión de los últimos porque sin trabajar todo el día todavía tenían que alimentar a sus familias, así que recibieron "lo debido", "lo que era justo" para el sustento familiar.

        Al profeta Jonás le pasaba lo mismo. Dios le mandó a Nínive para anunciar a sus habitantes la destrucción de la ciudad por su mala conducta. Los ninivitas reaccionaron rápidamente: pequeños y grandes, incluido el rey, guardaron ayuno e hicieron penitencia. El rey dio esta orden: "Invoquen fervientemente a Dios; que cada cual se convierta de su mala vida y de sus acciones violentas" (Jon 3, 8). Así fue, Dios se arrepintió. Mas Jonás se irritó y se enojó. Jonás se confirmó en sus sospechas. Ya antes de recibir el mensaje del Señor, Jonás sospechaba que Dios no cumpliría su palabra, porque, decía Jonás, "sé que eres un Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso, que te arrepientes de las amenazas (Jon 4,2).

        Sin embargo a Jonás le da pena que ricino que Dios hiciera crecer para darle sombra, se secara. Dios le responde: "Tú te apiadas de un ricino…¿y yo no me voy a apiadar de Nínive, la gran metrópoli, que habitan más de ciento veinte mil hombres que no distinguen la derecha de la izquierda, y muchísimo ganado?" (Jon 4, 11).

        Estas dos bellas lecturas, nos deben conducir a reflexionar y pensar que si Dios usara una justicia matemática, pocos seres humanos podrían sobrevivir en esta vida y en la otra. Para consuelo de todos, Dios es siempre "clemente y compasivo, lento a la ira y grande en misericordia" (Sal 20, 8). ¡Alabémosle y amémosle por años sin término!



Back to Top