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Propio 21

Ezequiel 18, 1-4, 225-32
Salmo 25, 1-14
Filipenses 2, 1-13
Mateo 21, 28-32

        En el evangelio escogido para este domingo, Mateo está rechazando el legalismo de la religión de su tiempo. Jesús nos invita a examinarnos, porque, bajo la apariencia de una buena disposición, se puede ocultar un formalismo solapado. El hijo que respondió: "sí, voy ahora mismo", representa al santurrón fariseo, que critica a Jesús por amar a los marginados. El otro hijo, representa a los pecadores que en un principio pecaron pero luego, arrepentidos, aceptaron el reino de Dios. El mensaje de este evangelio es que nos guardemos del formalismo que encubre un falso cristianismo; que nos guardemos de ser muy vigilantes de la ley e indaguemos cuál es la voluntad divina.

        En la epístola San Pablo aparece preocupado por las disensiones que azotan a la comunidad de Filipo. En el primer capítulo Pablo reconoce la lealtad de los filipenses, pero quiere que aprecien, primero, qué es "lo que vale más" (Flp 1,10) y, segundo, que "Cristo sea anunciado siempre".(Flp 1,18) en la comunidad. Pablo está convencido de que lo más importante en la vida es Cristo, así dice: "Porque para mí la vida es Cristo y morir es ganancia" (Flp 1, 21). Este es un pensamiento maravilloso. ¿Podríamos pensar por un momento qué significaría para todo el mundo el que la "vida" en este mundo fuera Cristo? Si todos pensáramos así el mundo cambiaría automáticamente. ¡Cuánta gente hay que no encuentra sentido en el vivir! ¡Que se acerquen a Cristo y lo encontrarán!

        Por eso, Pablo no entiende las pequeñas riñas que mantienen los filipenses. Así les aconseja que sus vidas se acomoden al evangelio de Cristo. Pablo les argumenta: si es verdad que viven la vida de Cristo, si es verdad que el espíritu de Cristo anida en sus almas, "llénenme de alegría viviendo todos en armonía" (Flp 2, 2). Viviendo todos con el mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, y unos mismos sentimientos. Ahora bien, lograr que todo eso no es fácil, porque no se trata de algo superficial, sino de algo esencial, permanente y duradero, que sólo se logra estando identificados con Cristo. Si viven unidos a Cristo, no podrán hacer nada por rivalidad ni vanagloria, sino por humildad.

        ¿Cómo compaginar esta doctrina con una sociedad que adora la competencia? ¿Cómo compaginar esa doctrina con un mundo que idolatra al que llega primero y triunfa? ¿Cómo compaginar esa doctrina con un mundo en que todos quieren quedar como dios, sí, como si fuéramos dioses? Richard Foster, un autor americano, ha escrito un libro titulado: Money, Sex and Power, y ha puesto de manifiesto una verdad ya conocida en la espiritualidad cristiana, y es que el voto más difícil de cumplir, no es el de la castidad, o el de la pobreza, sino el de la obediencia. El obedecer va en contra de nuestro propio yo, de nuestro orgullo. Así que uno se pregunta: "¿por qué voy a obedecer yo a ese tonto, que sabe menos que yo?". Con esta actitud ya empiezan todas las discordias.

        Pablo espera convencer a los filipenses con uno de los pasajes más bellos de todo el Nuevo Testamento. Les pone como ejemplo a Jesús, que siendo de naturaleza divina, se humilló tomando la humana, se volvió siervo, al servicio de los demás. Aceptó una vida de sufrimiento que le llevó a la muerte vergonzosa de la cruz. Ante tal sumisión, Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre. Así que al nombre de Jesús, toda rodilla debiera doblarse, tanto en la tierra como en el cielo, y todo el mundo debiera reconocer que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre.

        Ahora bien, pensemos un poco. Jesús es exaltado debido a que primero se humilló. Si nosotros nos humillamos, también Dios nos va a glorificar, con una gloria imperecedera, y mucho más importante que la gloria ofrecida por el mundo. Tanto los filipenses antaño, como nosotros hoy día, podremos superar todas las rivalidades y disensiones si vivimos como otros cristos.



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