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Propio 24

Isaías 45, 1-7
Salmo 96, 1-9
1 Tesalonicenses 1, 1-10
Mateo 22, 15-22

         La epístola de hoy constituye uno de los escritos más antiguos de la Iglesia primitiva que se conocen. Es una carta de San Pablo escrita con profunda sensibilidad pastoral. Según los eruditos bíblicos, Pablo escribió esta carta a la comunidad de Tesalónica, capital de Macedonia, alrededor del año 55 d.C. luego de haber ido a predicarles en el año 49 d.C. Los cristianos en esa ciudad eran prósperos económicamente, distintos al tradicional público de San Pablo compuesto por artesanos, campesinos y esclavos. Ante las persecuciones del año 50 d.C., San Pablo tuvo que abandonar Tesalónica, quedando la nueva comunidad sin cuidado pastoral. Timoteo había sido enviado posteriormente y a su regreso traía noticias alentadoras. La comunidad florecía aún en medio de las persecuciones por parte de la comunidad judía, adversa a la misión de Pablo.

         Este es el contexto de esta bellísima carta pastoral. En ella, San Pablo nos revela aspectos del suceso de esa comunidad:

         Destaca que los tesalonicenses estaban "unidos a Dios Padre y al Señor Jesucristo" (v. 1) Tenía la certeza de que su fe se cimentaba sobre la base de una relación personal y comunitaria con Dios. Esta relación de unidad con Dios es, quizás, la esperanza que Jesús expresó en su oración antes de ser llevado a la cruz: "Yo en ellos y tú en mí, para que lleguen a ser perfectamente uno, y así el mundo pueda darse cuenta de que tú me enviaste" (Jn 17,23). Para Pablo, el testimonio de unidad con Dios de esta comunidad es valiosísimo. Los tesalonicenes, sobre la base de esa unidad íntima con Dios, han podido mantenerse en una fe activa, en un amor solícito hacia los demás y en una esperanza perseverante en el Señor nuestro Jesucristo.

         Destaca que los tesalonicenses procuraban firmemente seguir el ejemplo de Pablo, de quien habían recibido el evangelio (v. 6) Habían resistido la adversidad y mantenido la fe en todo momento. En medio de la tribulación, se aferraron a la fe y la llevaron bien en alto. Pablo sabe bien lo que eso significaba, pues él mismo había sufrido en distintos lugares los vituperios de aquellos que no aceptaban el mensaje del evangelio. Incluso había sido azotado y encarcelado. La comunidad de Tesalónica siguió su ejemplo, aún en esas experiencias. Así tenemos como una cadena de imitación: Pablo imita a Jesús, los tesalonicenses imitan a Pablo y se vuelven modelo y ejemplo para los creyentes en las regiones de Macedonia y Acaya.

         Por último, la esperanza de esta comunidad estaba basada en el hecho de que Jesús volvería a buscar a su Iglesia, y que ellos serían contados entre los recibidos por Dios en su reino (v.10). Sabían que no morirían en vano, sino que su destino estaba atado a la voluntad de Cristo. Ansiaban unirse a toda la comunidad cristiana en el reino de Dios.

         Estos aspectos describen a una congregación virtuosa. Eso no significa que estuviera libre de problemas. Era una comunidad que luchaba y permanecía fiel al mensaje de Jesús en medio de todas las tribulaciones.

         La colecta de hoy refleja esa realidad. Se ruega que la Iglesia persevere en la fe aún en medio de la tribulación. Precisamente esa fue la experiencia de los tesalonicenses. Eran fieles debido a una fe vivida en plenitud y madurez.

         En la sociedad en la que vivimos, ser cristiano implica, muchas veces, padecer dificultades. Nuestra ética cristiana no es la misma que la de este mundo. La paz que buscamos no deriva del poder económico, político o militar. La esperanza que tenemos no está garantizada por ningún producto que podemos comprar. Se hace difícil vivir contra la corriente.

         Las palabras de Pablo a los tesalonicenses nos sirven de inspiración. Siguiendo su ejemplo podremos mantener nuestra fe y servir de consuelo a otras comunidades cristianas. Ello implica estar firmemente unidos tanto a Dios como los unos a los otros. Siguiendo el ejemplo de Jesús y de los que nos han enseñado la fe, venceremos toda dificultad. Procuremos escudriñar esta epístola para la edificación de nuestra fe y roguemos a Dios que su ejemplo sea realidad en nuestras vidas, y comunidades.



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