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Propio 26

Miqueas 3, 5-12
Salmo 43
I Tesalonicenses 2, 9-13, 17-20
Mateo 23, 1-12

        Más de una vez en la vida habremos estado tentados de rezar como el salmista: "Hazme justicia y defiende mi causa contra gente sin amor, líbrame oh Dios de gente falsa y fraudulenta" (Sal 43,1).

        Con frecuencia son noticia los fraudes cometidos por gobernantes, por grandes ejecutivos, y, a veces, por eclesiásticos. Fraudes que claman justicia y que manifiestan la corrupción humana. Ahora bien, mal que nos pese, esto es tan antiguo como la humanidad misma. Buen ejemplo de ello son las lecturas de la liturgia de hoy.

        El profeta Miqueas, critica y denuncia a los jefes de Israel, a los falsos profetas, y a los mismos sacerdotes, porque actuaban movidos por el interés personal. Carecían de auténtico celo. Lo peor de esa gente es que, ocupando cargos de liderazgo, conducían a otros por el mal camino, provocando indebido sufrimiento.

        ¡Qué razón tiene Miqueas al decir que muchos gobernantes han torcido todo lo que estaba derecho y edificado sobre la base del crimen y de la injusticia! Esos gobernantes han conducido a muchos pueblos a conflictos bélicos y a infinidad de calamidades.

        El evangelio de hoy continúa en el mismo tono profético de Miqueas. Se denuncia la hipocresía. Sin embargo no es fácil averiguar qué palabras provienen directamente de Jesús en todo este capítulo. Según los especialistas de la Biblia, la redacción de este capítulo, probablemente refleje la época en que los cristianos habían sido ya excluidos de la comunidad judía. El tono polémico explica muchas de las exageraciones al descubrir lo contrario en otros documentos; algunas descripciones tienen más de caricatura, de exageración, que de retrato. Son semejantes a otros escritos filosóficos polémicos de la época. La descripción y caracterización de los letrados y fariseos no concuerda en todo con lo que se sabe por otras fuentes de aquellos grupos, es decir, que no era gente tan mala. En cambio, se puede aceptar lo que dice el evangelio como descripción de tipos que se pueden dar en cualquier grupo religioso.

        Según esto, lo que el evangelio realmente espera de nosotros es un examen profundo preguntándonos hasta qué punto somos sinceros en nuestra vida cristiana y en el uso de símbolos religiosos. Hasta qué punto nuestra fe es sincera o, trascendiendo esos límites, se convierte en fanática.

        Pongamos ejemplos: la Biblia es para los cristianos un libro fundamental. En ella encontramos alimento espiritual. En ella encontramos alivio, paz, y sosiego interior. Con todo hay personas que idolatran a ese libro. Lo llevan bajo el brazo por todas partes, se lo imponen a todo el mundo. Aprenden de memoria algunas líneas y alardean de conocer a fondo las Escrituras. ¿Están sus vidas en concordia con lo que enseñan? Eso es lo que se ha de evitar, el desequilibrio entre la apariencia y lo que llevamos dentro. Otras veces encontramos personas cargadas de cruces, de imágenes, de rosarios. Nos preguntamos, ¿por qué los llevan? ¿Por protección? ¿Por adorno, o porque realmente sus vidas son auténtico reflejo de esos símbolos? Otras veces encontramos personas que desean y ansían vestirse con ropas clericales para, al parecer, sentirse más santas o lograr mayor autoridad. De nuevo, la vestimenta no va a cambiar el interior de esas personas. "El hábito no hace al monje", dice el refrán. Otras veces encontramos a ciertos clérigos en lidia constante por lograr puestos de mayor importancia; si logran ser obispos, el poder se les sube a la cabeza y se consideran, como en el pasado, "príncipes" de la Iglesia. Conocidos de todos son los extremismos cometidos por la jerarquía en este sentido. Durante siglos, obispos y papas, con toda clase de títulos y poder, dominaron la Iglesia y esperaban adoración de los demás. El papa Julio II, confesaba que su ídolo era Julio César; de él podía aprender cómo guerrear y defender los estados pontificios.

        Con estos ejemplos no queremos criticar a nadie en concreto, simplemente consideramos la importancia de ser consecuentes con la exhibición religiosa externa que hacemos.
Todo esto, en cualquier parte, en cualquier tiempo que se haya practicado, va en contra de la más genuina enseñanza de Jesús, va en contra del ejemplo que nos dio con su vida. Todos, seglares y clérigos, debiéramos cargar en nuestro pecho un anuncio que dijera: "El mayor de vosotros sea vuestro servidor".



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