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Propio 27

Amós 5, 18-24
Salmo 70
1Tesalonicenses 4, 13-18
Mateo 25, 1-13

       El evangelio nos habla de una boda. Cada cultura tiene costumbres diferentes. Evidentemente la boda que nos describe Mateo carece de muchos de talles pero vemos que era diferente a las ceremonias que hoy celebramos. Es difícil encontrar en los autores bíblicos una descripción detallada de cómo se celebraba una boda en el ambiente judío de hace más de dos mil años. Veamos algunos elementos.

       Ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento hay referencias a un rito religioso en la boda. Se trataba simplemente de un contrato legal, y probablemente se firmaran algunos documentos. La celebración nupcial consistía en una procesión desde la casa de la novia hasta la del novio. En varios pasajes de la Escritura, se hace referencia a una tienda de campaña o carpa bajo la cual el novio y la novia hacían las promesas matrimoniales, más tarde, irían de hecho en forma festiva a la casa del novio, o adonde fueran a vivir en definitiva. Tanto el cortejo de la novia como el del novio iban elegantemente vestidos. La novia iba cubierta con un velo que se quitaba en la cámara nupcial.

       En aquellos tiempos no existía lo que hoy conocemos como "viaje de novios", así que la fiesta nupcial tenía lugar en la casa donde los novios iban a vivir y duraba una semana. Los invitados podían participar de la fiesta durante toda la semana. A los novios se les trataba de "príncipe" y "princesa".

       La boda suponía una gran celebración para la pareja judía y para todos los participantes, tanto es así que algunos maestros de la Ley quedaban dispensados del estudio de la misma porque participar de la boda era una obligación y un privilegio más importante. Jesús mismo, en varias ocasiones compara el reino de Dios a un banquete nupcial.

       En la parábola del evangelio de hoy faltan muchos detalles. No se menciona a la novia. No se menciona en qué casa se iba a celebrar la boda y la fiesta. No se indica por qué el novio llegó tan tarde. Tampoco se dice por qué las doncellas tenían que acompañar al novio. Las doncellas necias no pudieron participar de la fiesta por doble razón. Primera, nadie podían andar por la calle de noche sin una lámpara; y segunda, llegado el novio, las puertas de la casa se cerraron, para dar inicio a una ceremonia ya muy retrasada.

       Esta parábola, como casi todas, puede tener varios significados. Uno de ellos podría estar dirigido a los judíos de entonces que no estuvieron preparados para aceptar el mensaje de Jesús.

       El significado más aceptado se refiere todos los cristianos. Entre ellos hay unos que oyen la palabra de Dios pero no la cumplen, y hay otros que la oyen y la cumplen.

       Para estar listos para el banquete celestial tenemos que consagrar todas nuestras energías a ese ejercicio. El estudiante no puede pasar los exámenes últimos si no ha estudiado durante todo el año. El atleta no participará de los juegos olímpicos si no se ha ejercitado cientos de horas durante muchos años. El escalador no llegará a la cumbre si no sube poco a poco la falta de la montaña y ataca los riscos más empinados. Lo de mucho valor implica mucho sacrificio. Una carrerita a la tienda, a última hora, no será suficiente para llagar a tiempo, como les sucedió a las doncellas.

       Es mucho mejor que estemos preparados no sólo nosotros sino este mundo para que sea digno de otra venida del Señor. Las palabras de Amós no pueden ser más apropiadas. Nos pide este profeta que establezcamos la justicia sobre la tierra. El reino de Dios demanda: ¡Que fluya la justicia como un torrente, y la honradez como un manantial inagotable! Eso es lo que debemos lograr con un trabajo arduo, y una dedicación constante.



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