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Propio 28

Sofonías 1, 7, 12-18
Salmo 90, 1-8,12
1Tesalonicenses 5,1-6
Mateo 25, 14-15,19-29

       Con la parábola de este domingo Jesús espera de nosotros que arriesguemos nuestra vida por el reino de Dios. Compara Jesús el reino de Dios a un amo que antes partir a tierra extranjera llama a tres de sus siervos y les confía el dinero que tiene. A uno le entrega cinco millones, a otro dos, y al último uno, a cada uno según su capacidad. Y se marchó. El que recibió cinco millones negoció con ellos y ganó otros cinco, lo mismo hizo el que recibió dos, pero el último tuvo miedo de perderlo, hizo un hoyo en el suelo y lo escondió.

        Pasado mucho tiempo se presentó el amo de los criados a pedirles cuentas. Se acercó el que había recibido cinco millones y le entregó diez: los cinco recibidos y los cinco ganados. Lo mismo hizo el que recibió dos, le entregó cuatro. El dueño alabó a estos siervos como fieles y cumplidores, porque le habían doblado el dinero. Finalmente se acercó el que había recibido uno, y le devolvió lo recibido. El tercer siervo, por miedo al dueño, que era exigente, no quiso arriesgar en negociar con el millón y se lo preservó intacto. El dueño se enfadó y le recriminó su pereza, por no haber hecho producir más el dinero que le había confiado, por lo menos podía haberlo depositado en un banco para que produjera intereses. El dueño estaba tan enfadado con éste, que no quiso aceptarle el dinero, y ordenó que se lo entregaran al que tenía diez.

        Hoy, a nosotros, esta parábola nos parece lógica. Sin embargo resultaba muy extraña al auditorio de Jesús. Los oyentes esperaban que Jesús alabara también al tercer siervo por su honradez y prudencia. ¿Qué hubiera sucedido si al negociar con el dinero lo hubiera perdido todo, o parte de ello? Por lo menos, supo preservar intacta la fortuna recibida. Efectivamente, el tercer siervo representaba a los maestros de la Ley. El objetivo principal de fariseos y escribas era conservar intacta la Ley, según ellos mismos decían, "hay que levantar una valla alrededor de la Ley" para que nadie la adultere. No se podía hacer ningún cambio, ninguna innovación. Y esa fue precisamente su perdición. Cuando llega Jesús con nuevas ideas se resisten y no lo aceptan.

        Desde entonces se ha dado siempre el mismo problema en todas las épocas de la historia del cristianismo. Ha habido "escribas y fariseos" que se han opuesto a toda innovación, que no han admitido ningún cambio. Durante cientos de años la Iglesia permaneció estancada en costumbres que se inventaron en la Edad Media. Durante cientos de años se mantuvo como lenguaje oficial el latín. Una lengua, que en los últimos siglos de esa época, pocos entendían. Así la religión se mantuvo estancada, sin vida, y mucha gente se daba a la superstición.

        En tiempos modernos hemos visto a alguien, como los siervos que negociaron con los millones, arriesgando. Nos referimos al papa Juan XXIII que tuvo la gran valentía de convocar el Concilio Vaticano II y cambiar muchas costumbres trasnochadas que ya no tenían sentido. Su ejemplo lo siguieron otras confesiones religiosas. Se renovó la liturgia, se renovó el diálogo entre todos los hermanos cristianos, se renovó el diálogo con otras religiones. En una palabra, se creó un espíritu mucho más abierto y evangélico, a imitación del espíritu de Jesús.

         En algunas parroquias hay grupos de cristianos que han estado controlando la marcha de esas comunidades durante muchos años. Se resisten a cualquier cambio o innovación. Han enterrado el dinero, el talento, que Dios les ha dado, y no permiten que la parroquia progrese.

         Si queremos ser fieles a la enseñanza de Jesús tenemos que arriesgar mucho más por el reino de Dios. Nadie ha arriesgado tanto como Jesús, que abiertamente se mantuvo en lucha contra la oposición a pesar de que sabía que moriría de una manera violenta. Pero consideró que su causa era justa, y en cierto modo necesaria para introducir sabia divina en esta tierra.



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