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Propio 29

Ezequiel 34, 11-17
Salmo 95, 1-7
1 Corintios 15, 20-28
Mateo 25, 31-46

        Este es el último domingo del año litúrgico. El que viene, con la época de Adviento, iniciaremos un nuevo año. Las lecturas de los dos últimos domingos nos han estado alertando para vivir vigilantes (Mt 25, 1-13) y animando a que nos arriesguemos más en nuestra vida cristiana (Mt 25, 14-30). Hoy continuamos estudiando el capítulo 25 de san Mateo.

        Hay quienes han interpretado un tanto equivocadamente el pasaje de hoy, en el que Jesús usa el ejemplo del pastor que separa a las ovejas de las cabras, considerando a éstas como malas. El pastor de Palestina no separaba a estos animales porque unos fueran mejores o más valiosos que los otros, sino porque las cabras necesitaban por la noche protección del frío, mientras que las ovejas, con su lana, podían aguantar mejor la intemperie de la noche. Una cabra podía proveer a una familia casi de lo necesario para vivir. La confusión de este pasaje aumenta, cuando el escritor pone en boca de Jesús los destinos finales del cielo y del fuego eterno. Sin duda esto ha sido añadido.

         Según la explicación del teólogo escriturista Reginald H. Fuller, este pasaje se debe interpretar de una manera más profunda. Se trata de la aceptación o del rechazo de un enviado autorizado, y, por lo tanto, de la aceptación o del rechazo del que lo envió. En este caso, cada vez que rechazaban a los discípulos de Jesús, no teniendo cuidado de ellos, se lo hacían al mismo Cristo. Quienes no daban de comer o de beber o no vestían a los discípulos de Jesús, a él mismo se lo negaban.

          Un aspecto interesante a considerar es el hecho de que Jesús no menciona grandes pecados cometidos contra los discípulos o contra el mismo, sino, mas bien, obras de omisión, "Tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, era emigrante y no me acogisteis, estaba desnudo y no me vestisteis, estaba enfermo y encarcelado y no me visitasteis". En otras palabras, hemos evitado riesgos y hemos enterrado nuestros talentos. A Dios no le preocupan tanto nuestros pecados cuanto el ver cómo nos ayudamos unos a otros y colaboramos para mejorar la situación social del mundo presente.

          También es curioso observar cómo muchos, sin saberlo o sin darse cuenta, han estado del lado de Dios siempre, incluso sin llamarse cristianos. Todos los años, en el mes de diciembre, coincidiendo con las fiestas navideñas, pasan por la televisión una película maravillosa titulada It´s a Wonderful Life. En ella nos cuenta el director Frank Capra cómo George Bailey ha estado tan ocupado ayudando a otros que ni siquiera se ha dado cuenta de las buenas obras que ha realizado: evitó que su hermano se ahogara, evitó que un niño se envenenara, dio sus ahorros al hermano para que cursara estudios superiores, ayudó a familias pobres a financiar sus casas. Con sus buenas obras logró que la vida en su pueblo mejorara en calidad.

           Martín de Tours era un soldado romano y además cristiano. Al entrar en una ciudad un día de invierno, un pobre le pidió una limosna. Martín no tenía dinero, pero el pobre estaba tiritando de frío. Martín se quitó la capa, la cortó en dos y le dio la mitad para que se protegiera del frío. Aquella noche Martín soñó, y vio, rodeado de ángeles, a Jesús vestido con la mitad de una capa romana.

           Las obras que realizamos en la tierra tienen repercusión en el cielo. Jesús, el rey del cielo y de la tierra, decidirá si le hemos servido bien, cada vez que hemos ayudado a uno de nuestros hermanos.

           El Hijo de Dios vivió en la tierra en el cuerpo de Jesús de Nazaret. El Hijo de Dios vive ahora mismo en nuestro cuerpo. El Hijo de Dios se ha hecho carne en toda la humanidad. A veces no lo reconocemos, sin embargo, él, Jesús, "seguirá cargando con nuestros sufrimientos y dolores" (Is 53,4).



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