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Quinto Domingo de Epifanía

Habacuc 3,1-6, 17-19;
Salmo 27,1-7;
1 Corintios 2,1-11;
Mateo 5,13-20 

    El evengelio presenta a Jesucristo después de haber pronunciado el sermón de la montaña. San Mateo resume las actividades de Jesús durante su primer viaje a Galilea como maestro, predicador y curador de enfermos (Mt 4,23). En el pasaje que acabamos de escuchar Jesús indica a las muchedumbres cómo seguirlo. Cada discípulo es como el grano de sal que da sabor a las comidas, que permite conservar por más tiempo los alimentos y que sirve como catalizador para avivar el fuego en el horno. Pero ser sal de la tierra no es una tarea fácil. La sal se puede desvirtuar. Se necesita estar lleno del Espíritu de Dios que es quien da sabor a nuestras vidas, que nos conserva para la vida eterna y que enciende en cada uno de nosotros el fuego infinito del amor de Dios.

    En el versículo catorce Jesús habla de una nueva responsabilidad, la de ser luz para el mundo. "Vosotros sois la luz del mundo". Como la sal, la luz también tiene poderes especiales. Por experiencia propia  sabemos que un pequeño rayo de luz destruye la oscuridad. Los discípulos tenemos la misión de vencer las tinieblas que hay en nuestros corazones y en las vidas de muchos de nuestros hermanos y hermanas. Es interesante observar cómo nuestro Señor llama a quienes le siguen "lamparas del mundo", especialmente si tenemos presente que nosotros no brillamos por nosotros mismos. Jesucristo nos eleva al nivel de su ministerio y nos hace partícipes de su luz. En el evangelio de san Juan nos enseña que él es la luz del mundo. "Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8,12).

    Jesucristo es la luz del mundo, y hace partícipes de esa  luz a los que se entregan a él. Los seguidores de Cristo, a su vez, se convierten en luz del mundo. Esa es la tarea que nos da a todos los bautizados: "Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello, den gloria al Padre que está en los cielos" (Mt 5,16).

    La Iglesia, el Pueblo de Dios, es decir, nosotros,  somos sal y luz. Los judíos no se fijaban tanto en que la sal da sabor, sino en que conservaba los alimentos. Nosotros al ser sal, debemos conservar con vitalidad a toda la familia de la Iglesia. En el Antiguo Testamento la sal compartida en un banquete sellaba un contrato o una alianza. Así vemos cómo en el libro de los Números Dios sella una alianza con los sacerdotes, diciendo: "Es una alianza perpetua, sellada con sal delante del Señor, para ti y tus descendientes" (Nm 18,19). 

    Así pues, los discípulos de Jesús, son la sal de la tierra porque pueden lograr que el mundo entre en alianza con Dios. Su tarea es mantener en el mundo unas  inquietudes elevadas. Inquietudes por una justicia verdadera y, con ello, impedir que las sociedades humanas se estanquen en la mediocridad. El mundo por si mismo no sabe para qué lo llama Dios. 

    Discípulo cristiano es aquél que conoce a Jesús crucificado y resucitado. Teniendo presentes ambos misterios. Una veces será necesario recalcar uno, otras otro. Cuando Pablo se presenta a los orgullosos de Corinto lo hace con palabras sencillas y sin elocuencia. Les da a conocer el proyecto misterioso de Dios y para llevarlo a feliz término decide no conocer más que a Jesús, y a éste crucificado.

    El Mesías crucificado de quien habla san Pablo es la sal de la tierra y la luz del mundo.  Permitamos que él nos convierta en la sal de su amor que da sabor y conserva al mundo en santidad.  Permitamos que él  sea la luz de la vida que nos separa de las tinieblas del pecado.



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