Resources

Sort resources below

‹‹ Return
Viernes Santo

Isaías 51; 13-53;12;
Salmo 22, 1-11;
Hebreos 10, 1-25;
Juan (18, 1-10) 19, 1-37

    La liturgia del Viernes santo tiene su origen en Jerusalén. En le Diario de viaje de una cristiana llamada Egeria se cuenta cómo se desarrollaba esta jornada a finales del siglo V. Tras una noche de vela en el Monte de los Olivos, muy de mañana, se bajaba a Getsemaní para leer el relato del prendimiento de Jesús. De allí se iba al Gólgota. Después de la lectura de los textos sobre la comparecencia de Jesús ante Pilato, cada uno se iba a su casa para descansar un rato, pero no sin antes pasar por el monte Sión para venerar la columna de la flagelación. Hacia el mediodía, de nuevo se reunían en el Gólgota para venerar el madero de la cruz: lectura durante tres horas de textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, alternando con salmos y oraciones. La jornada acababa finalmente en la iglesia de la Resurrección, donde se leía el evangelio de la colocación de Jesús en el sepulcro.

    Esta estructura básica de la liturgia, centrada en la pasión y muerte de Jesús, sufrió varias alteraciones en los siglos siguientes, hasta quedar definitivamente fijada a mediados del siglo pasado. El Libro de Oración Común ofrece, de las tres partes tradicionales, una como fija que consiste en las lecturas y oración universal o colectas solemnes, y otras dos partes como opcionales, que son, la veneración de la cruz  y la comunión recibida del Santísimo Sacramento consagrado el día anterior.

    Este es el momento de preguntarnos ¿por qué murió Jesús en la cruz? La muerte en la cruz era un suplicio reservado para esclavos y rebeldes. El tormento de la cruz fue inventado por los persas, pero usado de una manera horrorosa por los romanos para infundir terror y dominio absoluto. Ningún ciudadano romano podía morir en el madero de la cruz.

    Ahora bien, hemos visto a Jesús humillarse hasta lo último: “no hizo larde de ser igual a Dios, sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo” (Flp 2,6-7). A tal condición se rebajó Jesús, libre y voluntariamente, para establecer de una manera incuestionable su mensaje de salvación y de liberación personal.

    Basta leer cualquiera de los evangelios para ver a Jesús buscando afanosamente al ser humano descarriado. Por un lado, busca a los líderes religiosos del judaísmo que lo han convertido en una institución legal, carente de amor y de compasión; por otro lado, lo vemos sentarse a comer con pecadores notorios, y nos preguntamos, ¿qué les diría que con su palabra quedaban convertidos? Los ciudadanos de Sicar le dicen a la mujer samaritana: “(le) hemos oído y sabemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4, 42).

    Ahora bien, ¿necesitaba Jesús morir en la cruz? ¿No había quedado su mensaje ya  sólidamente establecido, sin necesidad de morir en tan horroroso sacrificio? Jesús no tenía por qué haber muerto en la cruz, pero al hacerlo nos demostró todavía con mayor evidencia hasta qué punto llegó su amor. La muerte en la cruz fue la culminación de un amor sin igual. Un amor heroico, y amor divino. Un amor loco. Así lo da a entender san Pablo: “El mensaje de la cruz es locura para los que se pierden; para los que nos salvamos es fuerza de Dios” (1 Cor 18).

    Tanto judíos como griegos buscaban una sabiduría práctica. Los judíos esperaban encontrarla en un mesías libertador, los griegos esperaban encontrarla en la filosofía y la vida prudente, pero de ninguna manera en un salvador ajusticiado: quien no se salvó a sí mismo, mal podría salvar a otros, pensaban.

    Pero precisamente ahí quedaban confundidos, tanto griegos como judíos, porque la sabiduría divina no sigue los caminos humanos, ni los pensamientos divinos son como los humanos (Is 55, 8).

    Queridos hermanos y hermanas nos encontramos aquí, en el templo, no para llorar la muerte de Jesús, no para admirar su gran sacrificio, sino para cambiar de vida e imitarlo. No olvidemos las palabras de Jesús: “¡Amáos los unos a los otros como yo os he amado!”.



Back to Top