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Propio 1

Eclesiástico 15,11-20;
Salmo 119,1-16;
1 Corintios 3,1-9;
Mateo 5,21-24,27-30,33-37

    "Si alguien me pudiera probar que la verdad no está en Cristo, todavía escogería a Cristo". Esta frase chocante del famoso escritor ruso Dostoiesky, nos invita a reflexionar.

    En primer lugar, nos parece absurdo que la verdad no coincida con Cristo. Jesús nos mostró una vida tan extraordinaria, nos enseñó una doctrina tan sublime que siempre hemos de concluir que Jesús es la Verdad. Cualquier otra afirmación, cualquier otra verdad, que no se ajustara al modelo de Jesús se quedaría corta.

    Al leer los evangelios, a veces, tropezamos con afirmaciones que nos cuesta creer que salieran de los labios de Jesús. Esto no debe extrañarnos, ya que los evangelios fueron escritos por discípulos de Jesús. Con frecuencia no recuerdan la palabra exacta, la frase correcta que pronunció Jesús, y ellos mismos confeccionan una frase que hacen que Jesús pronuncie. Otras veces hacen lo mismo transmitiéndonos sus propios sentimientos como si fueran los del mismo Jesús, por ejemplo, el enfado e incluso odio que sienten contra los mismos judíos por no haber aceptado a Jesús, como el mesías anunciado por los profetas. En todos estos casos sabemos que no fue Jesús sino los discípulos quienes se expresaban de esa manera.

    Sin embargo, si en algo están todos los evangelistas de acuerdo es en la enseñanza de Jesús. Nos dicen que "el sábado entraba en la sinagoga a enseñar" (Mc 1,21), y que "recorría las aldeas del contorno enseñando" (Mc 6,6), y que también "enseñaba en el templo.." (Mc 12,35 y Jn 7,14). Y que "todo el pueblo admiraba su enseñanza" (Mc 11,18).

    Además, enseñaba una "doctrina nueva, con autoridad" (Mc 1,22 y 1,27). Es decir, no repetía lo ya sabido, sino que se convertía a sí mismo en fuente de doctrina nueva y original. Por eso, todos se admiraban y se llenaban de asombro (Mc 1,22 y 1,27).

    En el evangelio de hoy tenemos tres ejemplos de lo novedoso de la doctrina de Jesús. No sólo condena el asesinato, sino el enojo, el insulto y la violencia. No sólo condena el adulterio sino el deseo desordenado. No sólo condena el juramento, la maldición, sino todo lenguaje que tenga sonido de hipocresía.

    Esa manera de hablar de Jesús, hoy nos parece exagerada por el castigo añadido. Efectivamente, al oír hablar del "fuego del infierno", nos vienen a la mente las imágenes dantescas que desde niños nos han inculcado. Sin embargo, Jesús no se refiere a ese infierno, que no existe, sino a una situación que los judíos conocían muy bien. La palabra original hebrea que Jesús usó era Gehimon y hacía referencia al desolador Valle de Hinnom, al sur de Jerusalén, donde la basura ardía sin cesar y donde en el pasado se habían ofrecido sacrificios humanos a los dioses canaanitas.

    Así pues, Jesús lo que trataba de enseñar era lo siguiente: terminen con toda violencia y vivan siempre en harmonía. Superen todo placer desordenado porque es pasajero y acarrea dolor. En su hablar sean sencillos y no se engañen. En una palabra, sean inocentes y sencillos como los niños.  

    Hay que admitir que a muchos esta doctrina les parecía  muy difícil de cumplir, por ello, algunos dejaron de seguirlo. Sin embargo, sabemos que Dios no nos pide cosas imposibles, cosas que no podemos cumplir. Todo lo que nos pide los podemos cumplir si nos esforzamos. Así lo da a entender el libro del Eclesiástico, escrito hace más de dos mil años. Afirma que "al principio Dios creó al ser humano, y lo dejó a su propio albedrío. Si quiere, guardará los mandamientos, y permanecerá fiel a su voluntad" (Eclo 5,14-15).

    La sabiduría divina es infinita. ¿Cómo podría imponer al ser humano mandatos que no pudiera cumplir? Si así fuera, toda la responsabilidad caería sobre el mismo Dios. Todo lo que Dios nos pide lo podemos cumplir. No será fácil. Costará cierto esfuerzo y trabajo. Mas sabemos que todo lo costoso tiene mucho más valor. La vida nos resulta todavía más difícil cuando nos dejamos dominar de la pereza.

    Acudamos al sacramento de la Eucaristía todos los domingos para alimentarnos de la gracia divina. Acudamos para recobrar fuerzas y poder cumplir aquello que nos resulta arduo y dificultoso. Podemos estar seguros que Dios ayudará siempre al que lo invoca de todo corazón y  no lo dejará abandonado.



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