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Propio 2

Levítico 19,1-2,9-18;
Salmo 71;
1 Corintios 3,10-11,16-23;
Mateo 5,38-48

    Moisés recibió este mensaje de lo alto: "Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: ´ Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo".

    Este mensaje quedaría grabado en la mente de todo israelita. En la historia del pueblo judío se dio siempre una tensión entre el cumplimento y el incumplimiento de ese mensaje. Cuando la conducta del pueblo se alejaba de tan sublime mandado parece que las desgracias les sucedieran una tras otra. Cuando se esforzaban por ser perfectos mejoraba la situación.

    Un mandato tan sublime da la sensación de que estuviera anticipando la vida divina aquí en la tierra. Creemos que si hay cielo, allá todos seremos santos, perfectos, y no se darán ninguna de las deficiencias e imperfecciones que experimentamos en esta vida. Así pues, cuando se nos insta a vivir una vida santa aquí en la tierra es como si se nos dijera: "Si son perfectos pueden vivir una vida divina y celestial, ya aquí en la tierra".

    En este pasaje del Levítico nos llaman la atención algunos detalles de gran sensibilidad. Así, se le ordena al que tiene tierras y campos que no recoja todo el fruto y deje algo para el necesitado. Que deje grano, que deje uvas, que deje frutos, que deje vegetales, que deje hortalizas, para que el pobre, la viuda y el extranjero, cuando pasen por sus tierras puedan recoger algo y alimentarse. Si esos detalles se convierten en costumbre, el que recoge del fruto abandonado no está robando, sino que está siendo alimentado por la generosidad del donante.

    También se ordena al que tiene industrias y trabajadores que les pague cuanto antes, para que no saque provecho del dinero que ya pertenece al obrero. ¡Cuántos negociantes no debieran cumplir hoy día con este mandado! Sabemos de negociantes que retienen el dinero del pobre durante días, sacando máximo provecho del dinero del prójimo. En realidad están robando a sus empleados.

    Jesús eleva esta doctrina del Levítico a grados sublimes. Por instinto natural todo ser humano tiende a defenderse ante el agresor. Lo normal sería resistir al agresor sin inferirle ningún daño. Mas Jesús nos insta a algo más, a no ofrecer resistencia alguna, a mantenernos en una actitud pasiva.  Es verdad que en ciertos casos, el agresor se verá confundido y avergonzado y cambiará de conducta ante una persona que no se defiende. En otros, como el mismo de Jesús, gente impía y ciega terminarán con el inocente e indefenso. Pero en definitiva, la doctrina extremada de Jesús es que los violentos pueden destruir el cuerpo pero no el alma.

    El último y definitivo objetivo de Jesús es que los seres humanos optáramos por vivir en la tierra como se vivirá en el cielo. En la otra vida no se dará ninguna de esas inclinaciones desviadas que aquí experimentamos. En la otra vida seremos perfectos como Dios lo es y obraremos siempre el bien, como lo hace el Señor. Y el Señor del cielo y de la tierra, hace que el sol alumbre sobre buenos y malos, y manda lluvia sobre justos e injustos. De la misma manera debemos comportarnos nosotros.

    Esta doctrina suena muy estridente a los oídos humanos, porque en esta vida siempre encontramos razonamientos apropiados a nuestros deseos terrenos.  Y nos rodeamos de filósofos, de científicos, de sabios, que han sido aclamados por el género humano. En eta situación san Pablo nos sale al encuentro y nos amonesta: "La sabiduría de este mundo es locura a los ojos de Dios" (1 Cor 3,19) y según el salmista: "El Señor conoce cuán vanos son los pensamientos de los sabios" (1 Cor 3,20). Así lo podemos constatar todos cuando nos dejamos llevar de los consejos mundanos. Puede que tengan validez para una temporada pero no la tendrán para la eternidad.

    En definitiva, para nosotros es mucho más aconsejado que sigamos siempre la enseñanza de Jesús, pues como dijo Pedro, "¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6,70).



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