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Propio 3

Isaías 49,8-18;
Salmo 62;
1 Corintios 4,1-5(6-7)8-13;
Mateo 6,24-34

    El profeta Isaías siempre nos sorprende con su bello estilo literario y con una doctrina sublime. Hoy nos transmite el mensaje del Señor de esta manera: "¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no me olvidaré?" (Is 49,14-15).

    Ante ese interrogante divino, uno no puede menos de asentir, "no, una madre no puede olvidarse de su hijo". Pero el Señor quiere ir más allá para asegurarnos de su continua protección y nos asegura: en caso de que una madre se olvidara "yo -tu Dios- nunca me olvidaré de ti". Con esta afirmación ya nuestro ánimo puede descansar y reposar sobre verdes prados al lado de manantiales de agua fresca.

    Aquellas personas que tienen una fe profunda así lo han entendido y vivido. Han puesto toda su confianza en Dios y viven tranquilas, nada temen. Saben que Dios es para ellas, "roca y salvación, fortaleza y refugio" (Sal 62,7-8).

    Pero, la mayoría de los seres humanos, que tenemos que bregar en el mundo, con frecuencia, nos olvidamos de tan bello mensaje. Nos olvidamos de que Dios está siempre a nuestro lado para protegernos, y nos entregamos a otro señor. Nos hacemos esclavos de una sabiduría humana. Esa sabiduría nos empuja a trabajar como esclavos para triunfar. Nos empuja a subir la escalera de la fama y del poder, y si no lo haces  "no eres nadie", dicen.

    ¡Cuan diferentes nos sentíamos cuando de niños vivíamos tranquilos en nuestros pueblos de origen, o en nuestros barrios, jugando sin pensar en el mañana o en la fama! Entonces éramos felices, aunque no tuviéramos nada.

    Ahora, muchos, sin ser ricos, hemos superado la pobreza; ahora, casi tenemos de todo; comparados con gentes del tercer mundo, somos ricos. Y sin embargo no somos felices. Y no lo somos porque hemos caído en la esclavitud de servir al dinero. Y servimos al dinero por dos razones, primero porque queremos estar seguros de no volver a caer en la pobreza, y segundo, porque nos gustaría poseer tanto como el más rico.

    A esas dos razones nos sale Jesús al encuentro y nos dice que confiemos en Dios. Nos aconseja: "No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido" (Mt 6,25). Podríamos responder a Jesús, "ya, pero si no comemos no vamos a tener vida, vamos a morir". Y Jesús nos puede preguntar: "¿cuándo te falto el alimento? ¿No estás vivo?" Por otra parte, aunque muriéramos, Jesús nos asegura que siempre tendremos vida en él. Una vida mucho más valedera y profunda que la de aquí abajo.

    Dios nos ofrece seguridad y también más felicidad poseyendo menos. Jesús así lo practicó durante su vida. Sus discípulos siguieron el ejemplo. San Pablo cuenta cómo por Jesús fue tenido por tonto y débil, fue despreciado y pasó hambre, tuvo sed y careció de ropa; sufrió persecuciones y maltrato, fue tratado como basura del mundo y desprecio de la humanidad. Y todo eso ¿por qué? Porque comprendió muy bien que hay bienes superiores. Los bienes con que seremos recompensados en la otra vida.

    Los santos que practicaron esa doctrina de desprendimiento también hablaron del desprecio de todas las cosas materiales y de todos los honores del mundo. Y no es que entendieran que las cosas creadas por Dios fueran malas. No, lo que entendían es que comparadas con Dios, no son nada, son como polvo que se las lleva el viento. Un día son y otro no. Mas Dios vivirá para siempre y nos colmará de felicidad.

    De ahí que el salmista nos invite a descansar sólo en Dios, porque "en Dios está nuestra salvación y nuestra gloria". "Confíen siempre en él, oh pueblos; desahoguen delante de él su corazón, porque Dios es nuestro refugio" (Sal 62,8-9). No nos olvidemos, Dios es nuestra madre y nunca se olvidará de nosotros.



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