Resources

Sort resources below

‹‹ Return
La Transfiguración

Exodo 34, 29-35,
Salmo 99, 5-9,
2 San Pedro 1, 13-21,
Lucas 9, 28-36

    La liturgia del tiempo de Pentecostés nos trae un mensaje básico: la acción santificadora del Espíritu Santo en la Iglesia de Cristo.

    Pentecostés era, en tiempo de Jesús, una celebración muy solemne de acción de gracias. Era una estación agrícola en la que se ofrecían a Dios los primeros frutos de la cosecha. Pentecostés es también significativo para nosotros, pues en ese evento se recogieron los primeros frutos del cristianismo.

    El Espíritu Santo descendió ese día sobre la naciente iglesia de Cristo, y la llenó de poderosa vitalidad. La savia de sus dones hizo florecer todas las virtudes cristianas. La Iglesia de Cristo creció y se desarrolló con un vigor increíble. Desde entonces, Cristo Resucitado se comunica a las almas y su Espíritu transforma la faz de la tierra.

    La liturgia de hoy nos presenta la extraordinaria escena de la Transfiguración del Señor. Celebración que cae en el corazón mismo del tiempo de Pentecostés. Tiempo de la obra santificadora del Espíritu. Las lecturas nos hablan de la vocación del pueblo de Dios a la santidad.  

    Ese llamado a la santidad tuvo lugar en los significativos acontecimientos del Monte Sinaí y del monte donde ocurrió la transfiguración de Jesús. El Monte Sinaí es el gran escenario del pacto personal de Dios con su pueblo. En el Levítico leemos: “Ustedes tienen que ser santos porque yo soy santo” (Lv 11, 45).

    Una de las frases que revela el plan de Dios con su pueblo, tuvo lugar cuando en el Exodo (19, 6), al pie del Monte Sinaí, Dios le comunicó cuál era el ideal a seguir: “Ustedes me serán un reino de sacerdotes, un pueblo consagrado a mí”.

    El plan de Dios era muy claro: su pueblo escogido, y en especial sus lideres, debían ser lazo de unión entre el creador y la criatura humana. Quiere que sean puente de salvación. La tarea fue larga y penosa. Los patriarcas y profetas escogidos consagraron sus vidas y lucharon por ese ideal divino de restaurar la naturaleza humana a su estado original de santidad.

    Larga fue la historia. Hubo grandes triunfos y humillantes derrotas. Hechos de heroica santidad, así como pecados de vergonzosa traición a los ideales mesiánicos.

    Al cumplirse los tiempos, Dios toma forma humana en la persona de Jesús de Nazaret para realizar definitivamente la obra de santidad: “Yo mismo voy a encargarme del cuidado de mí rebaño”, dijo el Señor por su profeta Ezequiel (34,11).

    Jesús es ungido por el Espíritu Santo en el Bautismo. Como Moisés salió del agua para salvar. En el Bautismo de Jesús se inicia el nuevo pacto: “Este es mi Hijo, mi elegido, escúchenlo”. Palabras que se repiten en el monte donde tuvo lugar la transfiguración de Jesús. Y, frente a los principales lideres del nuevo Pueblo de Dios, tiene lugar un nuevo llamado a su Iglesia para llevar a cabo el definitivo plan salvífico de Dios.

    En la Transfiguración de Jesús la liturgia nos invita a recordar la historia de nuestra salvación, a renovar en Cristo resucitado nuestra lealtad a la voluntad de su Padre y a ponernos bajo la influencia de su Espíritu para caminar seguros por el camino que lleva a la patria eterna.

    En la celebración eucarística se nos invita a todos a subir al monte de la Transfiguración, donde Jesús quiere realizar en cada uno de nosotros el milagro de la transformación, de nuestra naturaleza pecadora, en modelos de verdaderos hijos e hijas de Dios.



Back to Top