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Segundo Domingo después de Navidad

Jeremías  31,7-14;
Salmo 84,1-8;
Efésios 1,3-6. 15-19a;
Lucas 2,41-52

    Las lecturas de este domingo presentan a Dios como el gran libertador. Esta es la historia de todo el Antiguo Testamento: tenemos un dios que nos libra. Los grandes profetas como Isaías, Jeremías, Ezequiel, Oseas, repiten este tema como un canto sinfónico: “Gritad jubilosos por Jacob, regocijaos por el primero de los pueblos, pregonad, alabad, decid: el Señor ha salvado a su pueblo” (Jr 31,7). Este podría ser el estribillo de todo el Antiguo Testamento: tenemos un Dios amoroso que cuida de su pueblo, como el pasto lo hace de sus ovejas.  Protegidos de Dios, todo llanto se convierte en alegría, toda tristeza en gozo. La alegría rebosará todo dolor.

    San Pablo en la carta los efesios enfatiza todavía más este pensamiento. Dios nos ha escogido en Cristo desde antes de la creación del mundo para ser hijos suyos y benditos con toda clase de bendiciones espirituales. El salmo hace eco a este mismo tema cuando dice: “Dichosos los que habitan en tu casa alabándote siempre”(5), porque nuestro Dios es “el Dios de dioses” (8).

    La historia del niño Jesús discutiendo en el templo entre los doctores de la ley nos asombra por lo inusitado.  ¿Cómo un niño de doce años pudo demostrar tanta sabiduría que tenía a los oyentes atónitos ante su inteligencia? Sin embargo, no debemos descartar esta historia como algo fantástico e imposible. Sabemos que sí dieron relatos de la niñez e infancia de Jesús que, en su deseo de demostrar que Jesús era divino, narraban de Jesús hechos ridículos. Por otra parte, de vez en cuando se dan en la historia niños prodigios, tanto en la inteligencia, como en la vida espiritual. San Lucas mismo nos dice que “el favor de Dios lo acompañaba” (Lc 2,40). Nada de extraño, pues, que un niño, que un jovencito, educado en un ambiente tradicional judío, observando estrictamente la ley judía, y estudiando diariamente la Ley, la Torah, pudiera dar lecciones de agudeza a cualquier letrado. La enseñanza habría de ser uno de los distintivos más peculiares en la vida de Jesús.  Se  nos dice que  enseñaba en las sinagogas (Mc 1,21), que recorría las aldeas enseñando (Mc 6,6), que todo el mundo admiraba su enseñanza (Mc 11,18) y que enseñaba con autoridad (Mc 1,22) una doctrina nueva. (Mc 1,27) Así vemos que la ciencia, la autoridad y la novedad de su doctrina tenían un fundamento sólido establecido en el hogar, con los padres.

    También nos pudiera asombrar la actitud observada con sus padres. Por un lado no tenemos que tomar todos los elementos de la historia al pie de la letra. Por ejemplo la expresión “ al tercer día”, “al cabo de tres días”, significa un período de tiempo, no necesariamente tres días de veinticuatro horas. Así podría entenderse que después de un susto inicial, los padres se pusieron en su búsqueda, y al final participaron con todos, del asombro de que el niño estuviera enseñando entre los doctores. Un hijo, que poco a poco, les iba demostrando que tenía intereses muy superiores a los mundanos de este mundo. Así que María, “lo conservaba  y meditaba todo en su interior” (Lc 2,19).

    Ahora bien, ¡qué ejemplo tan maravilloso para los niños y los jóvenes de nuestra sociedad que sólo piensan en  cosas materiales! No cabe duda que en la mayoría de los casos, son los padres quienes deben establecer la pauta que han de seguir los hijos. Los padres que exigen de sus hijos horas fijas de estudio y de oración, podrán superar mejor todas las tentaciones que el mundo de hoy les ofrece. Los padres que no se preocupan de sus hijos porque están muy ocupados en el trabajo, tal vez tengan que sufrir las consecuencias de sus hijos que caen en la tentación de la droga, de las pandillas y de otros caminos descarriados.

    La Iglesia siempre nos ofrece una oportunidad para reflexionar y retornar al camino derecho. Todas las familias que hoy se encuentren aquí, harían muy bien si se fijaran en el ejemplo tan maravilloso que Jesús y sus padres nos dieron. Imitemos siempre el buen ejemplo que nos da Jesús y sigamos su enseñanza.



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