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La Epifanía del Señor

Isaías 60,1-6, 9;
Salmo 72,1-2;
Efesios 3,1-12;
Mateo 2,1-12

    La Epifanía es la fiesta de la revelación, de la manifestación de Dios. Simbólicamente queda expresado en la venida de unos magos de oriente para adorar a nuestro salvador Jesucristo. Dice el evangelio que unos magos entraron en la casa, vieron al niño con su madre María y, postrándose, le adoraron; luego abrieron sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Oro simbolizando la realeza, incienso la divinidad y mirra la humanidad.

    Con esta fiesta la Iglesia presenta la universalidad del evangelio. Se da la bienvenida a todos los pueblos y a todos se invita a recibir la luz de lo alto que ilumina a todo ser humano sin distinción de razas ni culturas. “¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!” (Is 60,1).

    San Mateo, para transmitirnos este mensaje, recoge en su evangelio varios textos del Antiguo Testamento, los une, los da forma y nos transmite la lección. La estrella es la estrella de Jacob: “Lo veo, pero no es ahora; lo contemplo, pero no será pronto. Avanza la estrella de Jacob y sube el cetro de Israel” (Nm 24,17). La venida del Mesías, el Rey de los judíos, es un eco de las bendiciones de Jacob: “No se apartará de Judá el cetro ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que le traigan tributo y le rindan homenaje los pueblos” (Gn 49,10). El nacimiento del Mesías en Belén se fundamenta en la profecía de Miqueas: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que será pastor de mi pueblo Israel” (Miq 5,1-3).

    A partir de la Edad Media se fueron agregando elementos que no aparecen en la narración de Mateo, como el número de tres, con base, tal vez en los tres regalos; la transformación de magos en reyes, cuyo fundamento puede encontrarse en el salmo 72: “Los reyes de Tarsis y las islas traerán tributo. Los reyes de Sabá y de Seba pagarán impuestos; todos los reyes se postrarán ante él, le servirán todas las naciones y mientras viva se le dará oro de Sabá” (Sal 72,10-11 y 15). Y, finalmente, los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar asignándoles a cada uno un país, todo ello obedece a la devoción popular.

    De esta manera los escritores bíblicos transmiten sus mensajes. Hacen una composición literaria del género midrás. En la literatura rabínica “midrash” significaba, en general, el estudio de unos textos, y más en particular, un comentario o explicación de carácter homilético. Es una meditación sobre un texto sagrado o una reconstrucción imaginaria de la escena o episodio narrado. Lo que intentaban siempre era la aplicación práctica a la vida presente. De la manera que hemos visto Mateo nos transmite un mensaje.

    El mensaje es éste: que la manifestación de Cristo y la salvación que ofrece están abiertas a todos los pueblos y naciones de la humanidad. “Librará al pobre que clama, al afligido que no tiene protector, se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres” (Sal 72,11). Es ésta una verdad que los mismos discípulos comprendieron muy tardíamente, pues en un principio creían que el Mesías era propiedad exclusiva del pueblo de Israel.
San Mateo pone de relieve el contraste entre esta apertura a la fe por parte de los gentiles, y la repulsa del Mesías por parte de los propios israelitas: Herodes, los sumos sacerdotes, los letrados y todo el pueblo sobresaltado.

    Esto es lo que debemos creer: que el Hijo de Dios ha venido a salvar, no a un pueblo particular, sino a toda la humanidad, y cuanto más humildes seamos más preparados estaremos para apreciar su Epifanía. Todo el que acepte el mensaje de Jesús encontrará salvación.

    Pero, podemos preguntarnos, ¿qué regalos le podríamos ofrecer al Señor, hoy, en su Epifanía? Ofrezcámosle los mismos que los magos de oriente: oro, que nadie reine en nuestra alma sino él; mirra, que con nuestra vida ejemplar, nos dediquemos al servicio de los demás; incienso, que le adoremos sólo a él en todo tiempo y lugar.



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