Resources

Sort resources below

‹‹ Return
Octavo Domingo de Epifanía

Jeremías 7,1-7 (8-15);
Salmo 92, 1-5, 11-14;
1 Corintios 15, 50-58;
Lucas 6,39-49

    Podríamos decir que el tema de este domingo es la solidez de la vida. Una vida de responsabilidad cristiana, moral y social. Ya en la primera lectura oímos al profeta Jeremías clamar desde el pasado el mismo grito suplicante: “Mejoren su vida y sus obras” (Jr.7,3).

    El Señor dijo a Jeremías: “Ponte a la puerta del templo del Señor y da a conocer allí este mensaje” (Jr 7,1). Parece ser que existía un rito de entrada en el templo, en ese rito se formulaban las condiciones para que la gente pudiera habitar con Dios en su tienda. Dice Jeremías, a todos los que entran por las puertas del templo a adorar al Señor, una cosa es imprescindible: “Enmienden su conducta y sus acciones”. No basta con clamar a gritos: “¡el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor!” (Jr 7,4). Es necesario cambiar de conducta.

    De nada sirve venir al templo del Señor mientras se sigue explotando al pobre, al ignorante. De nada sirve venir al templo del Señor y seguir derramando la sangre del inocente. De nada sirve venir al templo y seguir adorando a otros dioses creados al gusto personal. Si cambiamos de conducta Dios habitará con nosotros siempre.

    El tema del evangelio se hace eco de la lectura de Jeremías. Dice Jesús: “¿Por qué me llaman ustedes, ´Señor, Señor´, y no hacen lo que les digo?” (Lc 6,46). Luego ofrece varios ejemplos de cómo debemos comportarnos.

    Vemos que se trata de temas eternos. Jeremías escribía hace dos mil seiscientos años. Pero podemos decir que desde el principio de la humanidad, el ser humano se ha comportado de esa manera. Mientras en momentos de apuro y de peligro clamamos al Dios de los cielos, luego nos olvidamos de él, tan pronto como se ha ido la tormenta. Mientras en el templo cantamos, rezamos y prometemos mejorar de conducta, tan pronto salimos, nos olvidamos de las promesas. Se trata aquí de una incongruencia en nuestras vidas, de una hipocresía. Decimos una cosa y obramos otra.

    Finalmente, Jesús ofrece un ejemplo tomado del sentido común. El que va a edificar una casa y quiere que se mantenga en pie durante toda su vida, ha de reflexionar primero, hacer planes. Luego ha de cavar, ahondar y colocar cimientos fuertes sobre roca o tierra firme. Si así lo hace, aunque venga un vendaval, o una fuerte tormenta, la casa se mantendrá en pie. Sin embargo, quien construye una casa sin cimientos, se derrumbará  con el primer aguacero. Constatamos cuán cierto ha sido esto en todos los desastres ocurridos en muchos países del mundo, especialmente en Centro América. Y lo observamos también en muchas familias que quieren vivir sin un fundamento sólido familiar y matrimonial. Cuando todo les va bien, cuando tienen trabajo y ganan lo suficiente, no piensan en que llegarán momentos más difíciles. No piensan en establecer unos cimientos económicos sólidos para hacer frente a cualquier crisis que se pueda presentar. Esa pobre gente vive superficialmente.

    Muy bien, nos dice Jesús, su vida espiritual es como una casa y como un hogar, para que puedan edificar una vida de moralidad y responsabilidad han de escuchar mis consejos y cumplirlos. ¿No nos sorprendemos cuando oímos que alguien conocido se encuentra en la cárcel? ¿Cómo es posible? Parecía buena persona, pero no había edificado sobre el fundamento estable y firme de Jesús. A la primera tentación que tuvo de comprar y vender drogas, cayó en ella. Ahora llora, lamenta y clama al Señor.

    Por el contrario, quien sigue firme en el Señor, porque practica su doctrina y los principios enunciados en este evangelio puede exclamar con el salmista: “Bueno es darte gracias, oh Señor, y cantar alabanzas a tu nombre, oh Altísimo; por cuanto me has alegrado, con tus hazañas; las obras de tus manos aclamo con júbilo. ¡Cuán grandes son tus obras, oh Señor! ¡Qué profundos tus designios!” (Sal 92,1.3-4).



Back to Top