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Miércoles de Ceniza

Joel 2,1-2, 12-17;
Salmo 103,8-14;
2 Corintios 5,20b—6,10;
Mateo 6,1-16, 16-21

    Hoy comienza la Cuaresma. Las lecturas del Miércoles de Ceniza nos invitan a vivir un tiempo de recogimiento y de reflexión, antes de emprender juntos el largo ascenso hacia la Pascua del Señor. Dios, por voz del profeta Joel, de san Pablo y del mismo Jesús, nos recuerda la meta que hemos de alcanzar, los medios que debemos utilizar y el espíritu con que hemos de caminar.

    Joel, con voz que resuena a través de los siglos, nos grita: “Convertíos de todo corazón, con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras” (Jl 2,12-13). ¡Convertíos al Señor! Es un grito que, de las páginas de la Biblia, nos llega a nosotros hoy día. San Pablo con otras palabras nos ruega lo mismo: “En nombre de Cristo os pido que os reconciliéis con Dios” (2 Cor 5,20).

    Para lograr esa meta, la Iglesia ha propuesto las prácticas tradicionales de ayuno, oración y limosna. Estos ejercicios ascéticos los debemos practicar sin caer en la ostentación de que nos habla Mateo: “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos… tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará” (Mt 6,1-6.16-18). El Libro de Oración Común añade a esas costumbres piadosas, la lectura y meditación de la palabra de Dios. Es leyendo y meditando sobre el mensaje divino como nos acercamos al seno de Dios.
Hoy tenemos un rito especial y significativo. La imposición de la ceniza. La ceniza evoca en la Biblia todo lo caduco y que carece de valor. Echarse ceniza en la cabeza era signo de duelo y arrepentimiento. Los cristianos adoptaron, con toda naturalidad, esta costumbre antigua, en particular cuando eran admitidos en el grupo de los penitentes (siglos III-V). La imposición de la ceniza no se convirtió en un rito litúrgico de comienzo de Cuaresma hasta el siglo V en Alemania, y luego pasó a Italia en los siglos XII-XIII. Creemos que este rito, esta ceremonia, tiene un significado muy profundo. Reconocemos que somos polvo, que somos pasajeros, que se los lleva el tiempo, como el polvo hace con el viento. De nuestro cuerpo, de nuestro polvo, sólo el espíritu o alma permanecerá; ese espíritu nuestro irá a Dios. Para ese encuentro con la divinidad nos estamos preparando durante toda la vida. 

    Al recibir la ceniza confesamos que pertenecemos a un pueblo de pecadores que se vuelve hacia Dios con la confianza de resucitar con Cristo, vencedor del pecado y de la muerte.

    Ahora bien, como decíamos anteriormente, este tiempo de Cuaresma es un tiempo de penitencia y reflexión. Una meditación atenta sobre el mensaje bíblico nos llevará a cambiar de vida, de costumbres malas a buenas, de vida viciosa a vida virtuosa. Al practicar los actos de sacrificio y de penitencia hemos de tener muy presente la pureza de espíritu que Jesús espera de nosotros. No andemos con caras tristes y enfermizas, ni publiquemos en el periódico o anunciemos en la radio o en la televisión qué clase de sacrificios estamos realizando. Todo esto nos conduciría a buscar el aplauso de la gente, o el que nos dén una plaquita, o un certificado, o un trofeo de reconocimiento, con esta inscripción: “En honor a lo triste y cabizbajo y demacrado que ha andado durante estos cuarenta días, se le concede este reconocimiento”.

    Así se conduce, a veces, la sociedad superficial. Los caminos de Dios son diferentes. Son caminos escondidos, misteriosos, y sólo en lo escondido se puede encontrar uno con Dios. Jesús dice: “Cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará” (Mt 6,5).

    Sería bueno que al examinar nuestras vidas cambiáramos en aquello que más débiles andamos. En actitudes dentro de la familia: de estar siempre peleando o riñendo a buscar la reconciliación; de ser envidiosos y resentidos, a ser generosas y compasivos. En una palabra, que nuestra vida refleje el espíritu amoroso, compasivo, flexible y abierto que nos demostró Jesús.

    Acerquémonos a recibir las cenizas con humildad, reconociendo que somos pecadores, pero también que la misericordia de Dios no tiene límites.



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