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Propio 4

1 Reyes 8,22-23,27-30,41-43;
Salmo 96,1-9;
Gálatas 1,1-10;
Lucas 7,1-10

    La historia del evangelio de hoy se desarrolla en Cafarnaún, una de las ciudades más importantes de Galilea, en tiempos de Jesús. La población llegaría a unos doce mil habitantes, la mayoría de los cuales vivía de la pesca en el lago y de la explotación de los campos circundantes.

    En el lugar había una guarnición romana para ejercer funciones de control y seguridad. Cada región debía mantener a las tropas allí estacionadas. De manera que a la vergüenza de la ocupación se agregaba la humillación de tener que alimentarlos. Carga muy pesada para gente pobre y humilde.

    Solían los personajes en control conquistar el favor de los dirigentes de las zonas ocupadas mediante ciertos donativos y regalos. Los “benefactores” esperaban a cambio que los dirigentes apaciguaran a su propia gente. Los “ancianos” locales actuaban como clientela fija de los funcionarios romanos.

    Ahora podemos entender mejor el significado profundo de este relato evangélico. Los “ancianos judíos” que van a suplicar a Jesús un favor están actuando bajo el control del centurión. Tienen que ir y venir al ritmo que les impone el “benefactor”, son como marionetas carentes de personalidad. Cuando llegaron a Jesús “le rogaron mucho diciendo: este capitán merece que lo ayudes, porque ama a nuestra nación y él mismo nos ha construido la sinagoga”(Lc 7,5).

    Lo primero que nos asombra es la hipocresía de esos “ancianos” que en otras ocasiones critican a Jesús y lo acusan de romper las leyes rituales (Lc 7,1-5), mientras que hoy le piden a Jesús que las quiebre. Ir a casa de un gentil, y acercarse a un enfermo, iban en contra del ritual de pureza. Se trata de marionetas del poderoso, no sienten compasión del enfermo, ni admiración de Jesús, su única motivación era quedar bien ante el poderoso romano que les dominaba.

    El centurión, o capitán romano, era alguien que, según los ancianos, amaba a la nación judía. Todo esto resulta muy extraño. No podemos olvidar que el centurión ha construido la sinagoga con dinero sacado del mismo pueblo judío. De todas maneras ha demostrado una nobleza de cual otros jefes romanos carecían. También lo demuestra con su siervo, aunque, tras su curación sea beneficiado con sus servicios, pero otros no harían lo mismo por un siervo.

    La lógica del centurión es consistente. Así como él puede ejercer poder sobre sus inferiores, lo mismo Jesús puede poner en marcha su poder curativo. De esto no duda el centurión. Demuestra una confianza total en el poder curativo de Jesús.

    Jesús queda asombrado de la fe del jefe romano. “Una fe semejante no la he encontrado ni en Israel” (Lc 7,9).  Mientras los representantes de la ley judía creían en un montón de leyes y ritos, el centurión romano creía en la persona de Jesús y en su poder. Había superado todas las superficialidades e hipocresías humanas y había ideo directamente a la fuente de salvación.

    Jesús tiene compasión de un esclavo y lo cura a distancia. El esclavo anónimo de la historia es el primer beneficiado de la misericordia de Jesús. El centurión se beneficia en el sentido de conseguir el favor deseado y de los sucesivos servicios del esclavo.

    La vida de Jesús se desarrollaba en un escenario donde constantemente aparecían situaciones ambiguas, mezcla de gente buena y gente mala.  Más o menos como sucede hoy, porque los seres humanos, en su naturaleza profunda, no cambian, actúan de la misma manera a través de los siglos.

    Es muy importante que en nuestras peticiones a Dios no usemos dobleces, sino que lo hagamos con un corazón sincero. De una cosa no podemos dudar, de la fidelidad de Dios. Así lo reconoció Salomón cuando exclamó: “Señor, Dios de Israel, ni en el cielo ni en la tierra hay un Dios como tú, que cumples  tu bondad para los que te sirven de todo corazón” (1 Re 8,22).



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