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Propio 2

Génesis 45,3-11;21-28;
Salmo 37,1-18;
1 Corintios 15,35-38;42-50;
Lucas 6,27-38

    Las lecturas de este domingo tratan del amor sin límites. Un amor sin enjuiciamiento, con perdón, incluso de nuestros enemigos. Seguros de contar con la gracia de Dios, en virtud del regalo recibido el día de nuestro bautismo, al igual que los discípulos de Jesús, somos llamados a adoptar siempre una actitud de perdón.

    Jesucristo durante toda su vida fue rechazado, perseguido, traicionado, despreciado y llevado a la cruz, pero luego resucitó. Jesús puso toda su confianza en Dios, por eso fue exaltado y proclamado Señor para la gloria del Padre, elevado y puesto a su derecha (Flp 2,6-11).  Contemplando a Jesucristo aprendemos a reconocer el verdadero valor de todas las cosas y en todas las situaciones. Nuestro comportamiento ha de ser  moldeado en el revelado por Dios en  la persona de Jesús. Hemos de perdonar a nuestros enemigos incluso cuando nos están ofendiendo.

    El pasaje del libro del Génesis narra la historia de cómo José perdonó a sus hermanos y tuvo misericordia de ellos. Al ver que sus hermanos estaban asustados les dijo: “Yo soy su hermano José, el que ustedes vendieron en Egipto; pero, por favor, no se aflijan ni se enojen con ustedes mismos por haberme vendido, pues Dios me mandó antes que a ustedes para salvar vidas. (Gn 45,4). 

    El desear la venganza contra el que nos ha ofendido, es una reacción espontánea y, aparentemente, justa. El dejar impune al agresor no es considerado muy humano, como primera reacción. La Biblia, sin embargo, da testimonio, del paciente esfuerzo que es necesario para, gradualmente, educar a las personas a una conciencia colectiva de perdón. 

    El libro del Génesis indica cómo Lamec estaba dispuesto a matar a un joven tan sólo por una cicatriz recibida; su venganza no pararía, como la de Caín, en siete veces, sino que exigiría setenta y siete veces (Gn 4,24). Las  leyes antiguas eran rápidas en dictar sentencias proporcionales para castigar al agresor. Así, la ley hablaba de compensación igual al mal cometido (Ex 21,23-35).

    Para prevenir una precipitada aplicación de la ley, se instituyó el derecho de asilo. Este designaba lugares donde podría ir a refugiarse el que cometía un crimen involuntario (Ex 21,12-13). Sin embargo, al culpable se le entregaba a la sociedad para que fuera juzgado. Todo esto era bastante difícil de cumplir. Hoy podríamos asombrarnos de tal interpretación de la ley. Pero, ¿no es cierto que, después de tantos siglos, nosotros hacemos lo mismo y tenemos que vérnoslas todos los días con ese deseo de venganza? Así es en verdad. Y nos cuesta superar ese sentimiento.

    Por otra parte, las Escrituras nos piden que renunciemos a la retribución personal contra aquellos que nos han ofendido. A José le llevó mucho tiempo el tomar la decisión apropiada con la que pondría a prueba a sus hermanos. Con la ayuda de Dios decidió perdonarlos. José es un modelo para el creyente que, por su fidelidad a la palabra divina, permite a Dios transformar un corazón de vengativo en amoroso. El ejemplo de José ha de inspirarnos a seguir su ejemplo, especialmente cuando nos encontramos reunidos para celebrar la eucaristía.

    La enseñanza de Jesús en el evangelio insiste sobre el mismo tema. Enseña que los que aman a sus enemigos y hacen el bien a los que los odian, los que bendicen a los que los maldicen, los que presentan la otra mejilla a los que les golpean, y los que dan el manto a quienes les arrebatan el vestido, los que aman a los enemigos sin esperar nada a cambio, todos ellos recibirán una gran recompensa del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. 

    Esta doctrina marca definitivamente al cristiano. Es el documento de identidad de todo cristiano. El que cumple esta enseñanza es el cristiano auténtico, abierto a la comprensión hasta lo inverosímil, enemigo de toda condena, como lo fue Jesús.



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