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Propio 5

1 Reyes 17,17-24;
Salmo 30, 1-6,12-13;
Gálatas 1,11-24;
Lucas 7,11-17

    En toda despedida siempre hay algo de tristeza. La idea de no ver al ser querido durante un periodo limitado o ilimitado del tiempo nos aflige. Mucho más conturbados quedamos cuando sabemos que la despedida implica una separación más larga e incierta. Esto sucede con la muerte. La muerte siempre es motivo de consternación, sobre todo cuando golpea a inocentes, a niños, que no han tenido tiempo de vivir su vida en esta tierra. El ser humano no puede admitir que todo termine en la nada, en el polvo, y suspira y espera en un más allá.

    La historia del libro de los Reyes sirve como trasfondo al pasaje evangélico. Elías entra en la ciudad fenicia de Sarepta. Allí encuentra a una viuda. Le pide un poco de pan. La viuda era tan pobre que sólo tenía un poco de harina, con ella pensaba hacer una pan, para ella y para su hijo, lo comerían y luego se morirían de hambre. Ya estaban resignados. Elías exige de la viuda un acto heroico de caridad y de fe en su palabra. “No temas”, le dijo (1 Re 17,13). ¿Cómo es posible en tan extremadas circunstancias privarse de la comida propia para dársela a un extraño? Sin embargo, la viuda confía en la palabra del profeta y le ofrece un panecillo. Luego amasa el resto de la harina y comieron los tres, “durante mucho tiempo” (1 Re 17,15). Mas he aquí que se  enferma el hijo de la viuda y muere. La pobre viuda se sintió culpable, pensó que la muerte del hijo era debida a sus pecados. Elías toma al niño y con la ayuda de Dios le devuelve la vida. La viuda exclama: “¡Ahora reconozco que eres un  profeta y que la palabra del Señor que tú pronuncias se cumple! (1 Re 17,24).

    Los evangelios presentan a Jesús como el gran Elías del Nuevo Testamento. Jesús sintió compasión en muchas ocasiones y en algunas lloró. Ante la muerte de su amigo Lázaro no pudo controlar sus sentimientos y lloró (Jn 11,33). El evangelio presenta el caso de otra viuda que pierde a su único hijo. Jesús al verla sintió compasión y salió al encuentro de la madre desolada: “No llores”, le dijo (Lc 7,13). Jesús devuelve la vida al muchacho. Y todos quedaron sobrecogidos y daban gloria a Dios diciendo: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios se ha ocupado de su pueblo” (Lc 7,16).

    Esta historia pone de relieve la gran compasión que movía a Jesús en todo momento. En cuanto hombre se conmovía y lloraba. En cuanto “favorecido de Dios” (Lc 2,40), manifestaba un poder superior: el poder de Dios sobre la vida y sobre la muerte. Dios puede ayudar a su pueblo en todo momento que él así lo desee, mas no siempre la voluntad de la gente está de acuerdo con los planes y designios divinos.

    Pensemos un poco. Por muy difícil y triste que sea una despedida siempre nos queda la consolación de que nuestros amigos se encuentran en algún lugar de la tierra, y con circunstancias favorables podremos volvernos a ver. Así debe ser con la muerte, por muy dolorosa que sea debemos estar seguros de que un día nos reuniremos con los seres que ya han partido. Más aún, debemos estar totalmente convencidos de que se encuentran con Dios, de que están gozando de una vida mucho mejor que la nuestra, de una vida definitiva y feliz. Todavía más, los seres muertos, los seres que ya se han ido, están intercediendo ante Dios por nosotros.

    De esa convicción surge la alegría del salmista: “Te ensalzaré, oh Señor, porque me has alzado, y no permitiste que mis enemigos triunfaran sobre mí. Canten al Señor, ustedes sus fieles, y celebren su santo nombre. Ha cambiado el lamento en danzas; me ha quitado el luto, y me ha vestido de fiesta.  Por tanto a ti canta mi corazón, y no llora más, oh Señor Dios mío, te daré gracias para siempre” (Sal 30).



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