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La Ascensión del Señor

Hechos 1,1-11;
Salmo 47;
Efesios 1,15-23;
Lc 24,49-53

    En la Ascensión del Señor a los cielos recordamos una realidad por la que Jesús pasó y por la que un día pasaremos nosotros. Es decir, el retorno al Padre, mansión celestial eterna.

    El Hijo de Dios vino a este planeta, vivió entre los humanos unos treinta y tres años, dio un ejemplo de vida singular, murió de amor en un martirio horroroso y luego resucitó, manifestándose así el poder definitivo divino. Finalmente, Jesús regresó al hogar eterno del Padre.

    Nosotros, los seguidores de Cristo, de una manera u otra, hemos de andar un camino parecido. Cuanto más imitemos la vida de Jesús, mejor nos ha de ir. Las personas que lo imitan, cien por cien, como los santos, se tornan divinos ya en esta tierra, y ansían morir y volar a la gloria eterna.

    Ahora bien, ¿cómo hemos de entender algunas expresiones de las lecturas de hoy? Evidentemente, los escritores de las mismas vivían en otra cultura. No tenían un conocimiento astronómico ni cósmico como el nuestro. Probablemente, muchos entendían que el cielo estaba “arriba”, porque creían que la tierra era plana, y “debajo” no había más que el infierno. Toda esa concepción cósmica ya la hemos superado. Hoy sabemos que el planeta tierra no es más que un puntito, casi invisible, entre los millones de galaxias que pueblan el infinito universo. No estamos ni arriba ni abajo ni a la derecha ni a la izquierda. Simplemente estamos en el universo sideral. Así pues, las expresiones bíblicas: “subió”, “fue elevado”, “al cielo”, “a lo alto”, no se han de tomar al pie de la letra como si Jesús, a modo de un cohete, hubiera subido al cielo. No.

    Entonces, ¿dónde está el “cielo”? Ante todo no debemos de entender el cielo como un lugar, como algo localizado en un sitio. Los espíritus no ocupan lugar, por lo tanto, no necesitan un espacio donde vivir. Lo que llamamos cielo, en vez de ser un espacio sideral, se trata de un estado vital, superior, divino, en el que seremos como dioses, viviendo una felicidad sin límites y con un poder muy superior al que tenemos ahora.

    ¿Cuál es el mensaje de esta fiesta? ¿Qué mensaje nos transmiten las lecturas de hoy? Hay dos mensajes, primero, que nuestro destino final no se encuentra en esta tierra, y segundo que, si así están las cosas, ¿por qué no tratamos de prepararnos para el destino futuro?

    Cuando hemos decidido ir de viaje a un país remoto, nos preparamos durante mucho tiempo. Pensamos bien todos los detalles, compramos todo lo necesario para el viaje, compramos los boletos de viaje, y esperamos con ansiedad a que llegue el día esperado.

    Vivimos en esta vida transitoriamente. Sabemos que nuestro destino definitivo no se encuentra aquí, así pues, sería conveniente que nos preparáramos para ese viaje definitivo. Sin embargo, con frecuencia nos olvidamos de esa realidad tan cierta como profunda. Vivimos absorbidos por las cosas. Casi no pensamos en el más allá. Sólo cuando algún amigo, o ser querido parte, reflexionamos un poco. Y aún en esos momentos, lloramos más la partida del ser querido que celebramos la alegría de que se haya ido al cielo, a gozar. Si tuviéramos una fe profunda, en medio del dolor de esa partida del ser amado, estaríamos alegres porque ya ha logrado el gozo definitivo y esperado. Ya está en el cielo. Ha superado este vivir terreno.

    Si tenemos una fe profunda en la verdad contenido en el mensaje de hoy, no sólo nos prepararemos nosotros para ese viaje definitivo sino que trataremos de convencer a todo el mundo de algo tan hermoso. Cuando regresamos de un viaje a Europa o a un lugar exótico, se lo contamos a todo el mundo, y les animamos a que vayan a ver cosas tan preciosas. Lo mismo debemos hacer con el mensaje de Jesús. Invitemos a todos a conocer a Jesús y a seguir sus pasos.

    Así en definitiva, la fiesta de hoy nos pide que vivamos en esperanza, que vivamos en expectativa, que vivamos atentos, y que compartamos la alegría de este mensaje con todo el mundo.



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