Resources

Sort resources below

‹‹ Return
La Presentación del Señor en el templo (2 de febrero)

Malaquías 3,1-4;
Salmo 84,1-6;
Hebreos 2,14-18;
Lucas 2,22-40

    La fiesta de la Presentación de Jesús en el templo tuvo su origen en Jerusalén. Hay testimonios que la mencionan ya en el siglo IV. Cuando esta fiesta se extendió por Siria en el siglo VI, se le dio en Constantinopla el nombre de “Encuentro”. Al pasar a Occidente  en la segunda mitad del siglo VI, se celebraba, como hoy día, es decir, cuarenta días después de la Natividad del Señor, o sea el 2 de febrero. Más tarde, hacia el año 750, en las Galias tomó el nombre de “Purificación de la Virgen María”, nombre que conservó hasta l969. En Roma, donde la misa tenía lugar al alba, el papa Sergio I (687-701) hizo que a la misa le precediera una procesión en la que todos llevaban un cirio; de ahí el nombre popular de “la Candelaria”. Con la denominación actual de “Presentación del Señor en el templo”, recobra su orientación inicial de celebración vinculada al misterio de la encarnación del Hijo de Dios.

    Jesús, desde su nacimiento, es el mensajero de la buena de Dios. Anunciado ya repetidas veces por los profetas. Jesús, el Hijo de Dios, quiso ser totalmente solidario con la raza humana, sometiéndose a la ley y a toda limitación humana. Pasó por toda etapa del crecimiento humano. San Pablo en la carta a los Hebreos afirma que “Jesús fue de carne y sangre humanas” (Heb 2,14). La razón de ello, es que “vino para ayudar no a los ángeles, sino a los descendientes de Abrahán. Y para ello tenía que ser hecho igual en todo a sus hermanos, para llegar a ser delante de Dios un sumo sacerdote fiel y compasivo” (Heb 1, 16-17). Jesús conoció en su propia carne las pruebas de la condición humana, incluida la muerte. Dios verdadero y hombre verdadero, es el sumo sacerdote que libera a los seres humanos del pecado y se compadece de sus sufrimientos, cuya dureza experimentó.

    El evangelio de hoy inicia demostrando la fidelidad de los padres de Jesús a la ley, y termina de la misma manera: “Después de haber cumplido con todo lo que manda la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su propio pueblo de Nazaret. Y el niño crecía y se hacía más fuerte y sabio, y gozaba del favor del Señor” (Lc 2,39-40). 
Así pues, tenemos que Jesús, en cuanto hombre, nace de una madre, crece, en el ambiente de una familia, cumple con todos los requisitos de la ley judía, y crece en fortaleza y sabiduría, porque gozaba de la gracia de Dios. Un resumen que dice mucho en pocas palabras.
Los evangelistas tienen necesidad de afirmar la humanidad de Jesús, porque pronto surgirían opiniones de que un cuerpo unido a la divinidad tenía que ser perfecto. No podía enfermarse ni fatigarse ni pasar hambre ni sed. En otras palabras no podía sufrir ni padecer. Con ello estaban negando la humanidad de Cristo.
Jesús pronto empezó mostrar que el favor de Dios estaba con él en su enseñanza y en su vida profética. Jesús entraba en las sinagogas a enseñar (Mc 1,21). Recorría las aldeas enseñando (Mc 6, 6). Enseñaba en el templo (Mc 12,35 y Jn 7,14). Enseñaba una doctrina nueva “con autoridad” (Mc 1,22) Es decir, no repetía lo ya sabido, sino como fuente autorizada de nueva doctrina. La gente decía: “Es una enseñanza nueva. Hasta a los espíritus inmundos les da órdenes y le obedecen” (Mc 1,27). Y “todo el mundo admiraba su enseñanza” (Mc 11,18).
Muchas cosas podemos aprender del mensaje de esta fiesta. Primero, que Jesús conoció la condición humana, como cualquier otro ser humano; segundo, que era fiel a su religión y tradición judías; tercero, que era también innovador, líder, profeta, que arriesgaba su vida por el bien de todo el pueblo.
Hemos de imitar a Jesús. Tenemos que conocer bien su vida y meditar sobre ella. Si así lo hacemos el favor y la gracia de Dios nos acompañarán, y podremos realizar portentos, en nuestras vidas y en las de los demás.



Back to Top